, Año 64 de la Revolución______________________________

PARA LA HORA

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LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS Y LA CIÉNAGA DE ZAPATA PARTE I

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Generalmente la historiografía al abordar los procesos redentores desde el siglo XIX, le ha asignado a la Ciénaga de Zapata un marcado papel de retaguardia natural o refugio – asistiéndole en esencia la razón - ahondar sobre las características topográficas del territorio que coadyuvaron a esa protección, sería sumergirnos en una conocidísima temática. De miope catalogaríamos a quien no aceptara que la Ciénaga cuidó como nadie de los valientes cubanos, que exaltando valor y patriotismo, convirtieron sus bosques en segura morada.


Pero resulta que en contadas ocasiones se hace referencia al protagonismo cienaguero cumpliendo con Céspedes y Martí. Tal parece que el litoral, cayos interiores e irregular “campanario” con sus estrechos senderos, persistieran en resguardar nombres y acciones de los Patricios de esta tierra; quienes entregaron en muchos casos su valiosa sangre y vida en aras de liberar a la Patria del yugo colonial español, y que aferraron como raíz de mangle la antiquísima tradición patriótica del nativo.
La Revolución cubana iniciada el 10 de octubre de 1868 en la “Demajagua”, pronto tuvo el incondicional apoyo de la gran Ciénaga.


El 7 de febrero de 1869 se levantaron en armas los revolucionarios cienfuegueros dirigidos por el General Adolfo Cabada, quien tuvo el apoyo incondicional de otras importantes figuras como: Juan Díaz de Villegas, Félix Bouyón, Jesús del Sol y Luis de la Masa Arredondo. De inmediato la parte oriental cienaguera, fundamentalmente Bartolina – aledaña a Jagua – recibió las constantes visitas de los aguerridos patriotas sureños, que en algunas ocasiones sostuvieron cruentos combates con las fuerzas coloniales: el 9 de marzo de 1869 el coronel Jesús del Sol se enfrentó al batallón español “Nápoles”.

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( Historiador de la Ciénaga de Zapata Msc Julio Amorín Ponce )

LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS Y LA CIÉNAGA DE ZAPATA PARTE I

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Generalmente la historiografía al abordar los procesos redentores desde el siglo XIX, le ha asignado a la Ciénaga de Zapata un marcado papel de retaguardia natural o refugio – asistiéndole en esencia la razón - ahondar sobre las características topográficas del territorio que coadyuvaron a esa protección, sería sumergirnos en una conocidísima temática. De miope catalogaríamos a quien no aceptara que la Ciénaga cuidó como nadie de los valientes cubanos, que exaltando valor y patriotismo, convirtieron sus bosques en segura morada.


Pero resulta que en contadas ocasiones se hace referencia al protagonismo cienaguero cumpliendo con Céspedes y Martí. Tal parece que el litoral, cayos interiores e irregular “campanario” con sus estrechos senderos, persistieran en resguardar nombres y acciones de los Patricios de esta tierra; quienes entregaron en muchos casos su valiosa sangre y vida en aras de liberar a la Patria del yugo colonial español, y que aferraron como raíz de mangle la antiquísima tradición patriótica del nativo.
La Revolución cubana iniciada el 10 de octubre de 1868 en la “Demajagua”, pronto tuvo el incondicional apoyo de la gran Ciénaga.


El 7 de febrero de 1869 se levantaron en armas los revolucionarios cienfuegueros dirigidos por el General Adolfo Cabada, quien tuvo el apoyo incondicional de otras importantes figuras como: Juan Díaz de Villegas, Félix Bouyón, Jesús del Sol y Luis de la Masa Arredondo. De inmediato la parte oriental cienaguera, fundamentalmente Bartolina – aledaña a Jagua – recibió las constantes visitas de los aguerridos patriotas sureños, que en algunas ocasiones sostuvieron cruentos combates con las fuerzas coloniales: el 9 de marzo de 1869 el coronel Jesús del Sol se enfrentó al batallón español “Nápoles”.

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( Historiador de la Ciénaga de Zapata Msc Julio Amorín Ponce )

La Demajagua: escuela fecunda

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Fue  aquella una madrugada diferente. Antes de que se asomara el sol, la campana del ingenio La Demajagua anunciaba la lucha continuada de un pueblo deseoso de forjar su propio destino. Era el 10 de octubre de 1868, cuando medio millar de cubanos alzados en armas, juraron pelear hasta ver a Cuba libre o perecer en la contienda.

 

Pero el mejor gesto de aquel día, según lo vio Martí, estuvo más que en el levantamiento en armas, en la lúcida resolución de  Carlos Manuel de Céspedes, el insigne bayamés que desafió a la Corona española con su declaración de guerra, quien dio la doble libertad a sus esclavos: la de hacerse responsable de sus días y conquistar la independencia de aquella tierra suya, por cuanto la habían fecundado con su trabajo.

“Constituir en Cuba una nación independiente, porque así cumple a la grandeza de su futuro destino y para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos”, resumía los objetivos de la guerra libertaria emprendida por Céspedes. El bayamés nacido en 1819 y acatado como jefe supremo de la Revolución del 68 fue un hombre cabal y digno.

Dos hechos anticiparon el levantamiento del 10 de Octubre en Cuba; la  sublevación  del 19 de septiembre en España contra la Reina Isabel Segunda, y el Grito de Lares, en Puerto Rico, donde los independentistas se alzaron contra la corona española, que parecía tambalearse. Otra coyuntura precipitó que Céspedes adelantara la fecha prevista para el 14, para el día 10 del propio mes: la inminencia del descubrimiento del complot por las autoridades coloniales y, por ende, su seguro encarcelamiento.

El camino de la revolución estaba expedito. El rápido avance de la insurrección por los territorios de Oriente, Camagüey y Las Villas, llevaron la guerra al resto del país. Su insubordinación resulto bendita, Aquella decisión audaz y oportuna se insertó con letras de gloria en la historia. La revolución había que salvarla desde el enfrentamiento y la continuidad. Eso hizo Céspedes.

Y aunque la guerra se inició con un revés para la tropa en el hoy municipio granmense de Yara, Céspedes no se intimidó. “Aún quedan 12 hombres, ¡bastan para hacer la independencia de Cuba!”, dijo, trayéndonos a la memoria la similar expresión de Fidel  en 1956 al reencontrase con los expedicionarios del Granma tras la dispersión de Alegría de Pio.

Con entusiasmo y coraje, la bisoña fuerza mambisa se repuso de la derrota y a los pocos días entraba triunfadora en Bayamo, hoy capital de la provincia Granma, que fue ocupada durante tres meses Allí se constituyó el primer gobierno en “territorio libre” de Cuba. Atacados por fuerzas superiores, las tropas mambisas tuvieron que abandonar la ciudad, produciéndose entonces un hecho heroico: los bayameses prefirieron darle fuego antes que entregarla al enemigo.


 Vale evocar el valor desplegado por cubanos y cubanas durante esa  contienda independentista.   Que duró 10 años. Extensa es la galería de mujeres conocidas o anónimas, cuyas acciones fueron  determinantes tanto en el 68 como en la llamada Guerra Necesaria, que tuvo en Martí  su principal organizador y guía y que estallo el  24 de febrero de 1895. En ambas contiendas, ricas, pobres, esclavas y libres, sintieron los dolores de la patria oprimida y no repararon en sacrificios para incorporarse, decididamente a las luchas revolucionarias.

Rompiendo los prejuicios de la época, que limitaban la actividad femenina al círculo doméstico, mujeres como Mariana Grajales, Ana Betancourt, Candelaria Figueredo, Dominga Moncada, Lucía Íñiguez, Rosa La Bayamesa y María Cabrales, entre otras muchas de real hondura, desplegaron su quehacer revolucionario en los más disímiles y necesarios frentes de lucha insurreccional.

La campanada redentora proclamada por Céspedes se expandió por toda la Isla durante 10 años no exentos de contradicciones económicas y sociales, la infamia de los débiles y la ineptitud y caudillismo de algunos jefes locales, entre otros factores, vio truncarse la lucha, aunque preparó las condiciones para nuevas y continuadas victorias, dejándonos también un valiosísimo acervo de experiencias y los bríos revolucionarios de hombres y mujeres decididos a seguir luchando.

Y cuando algunos, extinguidos sus arrestos primigenios, sólo pensaron en la capitulación, y otros perdieron la brújula, se alzó poderosa en Baraguá la voz de Maceo, prestigiando la Revolución del 68. De esa escuela fecunda surgieron hombres como José Martí, quien aunó voluntades y hermanó a los veteranos y los jóvenes para emprender una nueva guerra necesaria, partiendo de aquellas experiencias. Baire atizó entonces la llama  encendida en Yara y devino símbolo y continuidad de un prolongado relevo generacional. Una lucha que  no cesó hasta la definitiva independencia que hoy gozamos

 Cuba conserva con orgullo la memoria de quien, como dijo Fidel, fuera “símbolo de dignidad y rebeldía de un pueblo que comenzaba a nacer en la historia”, cuando empezó a pensar desde sus esencias continuadoras en la Revolución. La misma que se mantiene digna y vigilante en la defensa de la independencia definitivamente conquistada.

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( http://www.mujeres.co.cu/art.php?MTQ4NDk=)

La Demajagua: escuela fecunda

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Fue  aquella una madrugada diferente. Antes de que se asomara el sol, la campana del ingenio La Demajagua anunciaba la lucha continuada de un pueblo deseoso de forjar su propio destino. Era el 10 de octubre de 1868, cuando medio millar de cubanos alzados en armas, juraron pelear hasta ver a Cuba libre o perecer en la contienda.

 

Pero el mejor gesto de aquel día, según lo vio Martí, estuvo más que en el levantamiento en armas, en la lúcida resolución de  Carlos Manuel de Céspedes, el insigne bayamés que desafió a la Corona española con su declaración de guerra, quien dio la doble libertad a sus esclavos: la de hacerse responsable de sus días y conquistar la independencia de aquella tierra suya, por cuanto la habían fecundado con su trabajo.

“Constituir en Cuba una nación independiente, porque así cumple a la grandeza de su futuro destino y para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos”, resumía los objetivos de la guerra libertaria emprendida por Céspedes. El bayamés nacido en 1819 y acatado como jefe supremo de la Revolución del 68 fue un hombre cabal y digno.

Dos hechos anticiparon el levantamiento del 10 de Octubre en Cuba; la  sublevación  del 19 de septiembre en España contra la Reina Isabel Segunda, y el Grito de Lares, en Puerto Rico, donde los independentistas se alzaron contra la corona española, que parecía tambalearse. Otra coyuntura precipitó que Céspedes adelantara la fecha prevista para el 14, para el día 10 del propio mes: la inminencia del descubrimiento del complot por las autoridades coloniales y, por ende, su seguro encarcelamiento.

El camino de la revolución estaba expedito. El rápido avance de la insurrección por los territorios de Oriente, Camagüey y Las Villas, llevaron la guerra al resto del país. Su insubordinación resulto bendita, Aquella decisión audaz y oportuna se insertó con letras de gloria en la historia. La revolución había que salvarla desde el enfrentamiento y la continuidad. Eso hizo Céspedes.

Y aunque la guerra se inició con un revés para la tropa en el hoy municipio granmense de Yara, Céspedes no se intimidó. “Aún quedan 12 hombres, ¡bastan para hacer la independencia de Cuba!”, dijo, trayéndonos a la memoria la similar expresión de Fidel  en 1956 al reencontrase con los expedicionarios del Granma tras la dispersión de Alegría de Pio.

Con entusiasmo y coraje, la bisoña fuerza mambisa se repuso de la derrota y a los pocos días entraba triunfadora en Bayamo, hoy capital de la provincia Granma, que fue ocupada durante tres meses Allí se constituyó el primer gobierno en “territorio libre” de Cuba. Atacados por fuerzas superiores, las tropas mambisas tuvieron que abandonar la ciudad, produciéndose entonces un hecho heroico: los bayameses prefirieron darle fuego antes que entregarla al enemigo.


 Vale evocar el valor desplegado por cubanos y cubanas durante esa  contienda independentista.   Que duró 10 años. Extensa es la galería de mujeres conocidas o anónimas, cuyas acciones fueron  determinantes tanto en el 68 como en la llamada Guerra Necesaria, que tuvo en Martí  su principal organizador y guía y que estallo el  24 de febrero de 1895. En ambas contiendas, ricas, pobres, esclavas y libres, sintieron los dolores de la patria oprimida y no repararon en sacrificios para incorporarse, decididamente a las luchas revolucionarias.

Rompiendo los prejuicios de la época, que limitaban la actividad femenina al círculo doméstico, mujeres como Mariana Grajales, Ana Betancourt, Candelaria Figueredo, Dominga Moncada, Lucía Íñiguez, Rosa La Bayamesa y María Cabrales, entre otras muchas de real hondura, desplegaron su quehacer revolucionario en los más disímiles y necesarios frentes de lucha insurreccional.

La campanada redentora proclamada por Céspedes se expandió por toda la Isla durante 10 años no exentos de contradicciones económicas y sociales, la infamia de los débiles y la ineptitud y caudillismo de algunos jefes locales, entre otros factores, vio truncarse la lucha, aunque preparó las condiciones para nuevas y continuadas victorias, dejándonos también un valiosísimo acervo de experiencias y los bríos revolucionarios de hombres y mujeres decididos a seguir luchando.

Y cuando algunos, extinguidos sus arrestos primigenios, sólo pensaron en la capitulación, y otros perdieron la brújula, se alzó poderosa en Baraguá la voz de Maceo, prestigiando la Revolución del 68. De esa escuela fecunda surgieron hombres como José Martí, quien aunó voluntades y hermanó a los veteranos y los jóvenes para emprender una nueva guerra necesaria, partiendo de aquellas experiencias. Baire atizó entonces la llama  encendida en Yara y devino símbolo y continuidad de un prolongado relevo generacional. Una lucha que  no cesó hasta la definitiva independencia que hoy gozamos

 Cuba conserva con orgullo la memoria de quien, como dijo Fidel, fuera “símbolo de dignidad y rebeldía de un pueblo que comenzaba a nacer en la historia”, cuando empezó a pensar desde sus esencias continuadoras en la Revolución. La misma que se mantiene digna y vigilante en la defensa de la independencia definitivamente conquistada.

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La Demajagua es símbolo supremo de rebeldía

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FOTO/ Rafael Martínez Arias
Manzanillo.- Federico Hernández Hernández, presidente del Consejo de Defensa Provincial de Granma destacó hoy que La Demajagua se convirtió para todos los cubanos en un símbolo supremo de rebeldía.

La sentencia la expuso al clausurar la conmemoración por los 152 años de la lucha por la independencia en la Isla, acto protagonizado por el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, un día como el de hoy.
 
Un arreglo floral en nombre del pueblo colocaron las nuevas generaciones como homenaje al patricio, frente a la campana que aquella histórica mañana repicó por la independencia.
 
Momentos especiales constituyeron los reconocimientos a los colectivos de Radio Bayamo y el periódico La Demajagua por sus respectivos aniversarios 83 y 43 y al Parque Museo La Demajagua, Monumento Nacional inaugurado por Fidel hace 52 años.
 
Federico Hernández Hernández, presidente del Consejo de Defensa provincial, junto a sus homólogos entregaron el carnét del Partido Comunista de Cuba a nuevos militantes.
 
El máximo dirigente político granmense recordó que Céspedes, el más preclaro de los compatriotas, logró con su ímpetu llamar al combate y hacerse a la manigua emancipadora y demostró que Cuba tenía ya por derecho propio la aspiración de la soberanía.
 
“Los cubanos de estos tiempos reafirmamos que la Revolución iniciada por Céspedes y hecha realidad por nuestro invencible Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, la defenderemos al precio que sea necesario aún en las condiciones más complejas.”
 
Hernández Hernández expuso que 2020 ha sido un año complejo matizado por el enfrentamiento a la Covid y el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba.
El también integrante del Comité Central expuso que “ningún país ha sido capaz de sostener y mantener los indicadores en el enfrentamiento al nuevo coronavirus y ahora se impone actuar con mayor responsabilidad y disciplina.
 
La salud y la educación en este período se mostraron como fortalezas de la Revolución.
“La economía requiere de mayor eficiencia y calidad en cada uno de sus órdenes, la producción de alimentos, el avance del turismo, los programas de desarrollo local y el combate contra toda manifestación negativa.
 
“Continuemos por siempre nuestra lucha por defender esta tierra, esta bandera y este cielo. Vivamos orgullosos de vivir y trabajar en la tierra de Céspedes y que su espíritu nos acompañará siempre en cada nuevo esfuerzo y victoria.”
 
En el acto conmemorativo estuvieron además Francisco Escribano Cruz, vicepresidente del Consejo de Defensa provincial; Yanetsy Terry Gutiérrez, vicegobernadora granmense, otros dirigentes del las organizaciones políticas, de masas, del Ministerio del Interior, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, jóvenes, artistas e intelectuales.
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(tomado de La Demajagua)

La Demajagua es símbolo supremo de rebeldía

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FOTO/ Rafael Martínez Arias
Manzanillo.- Federico Hernández Hernández, presidente del Consejo de Defensa Provincial de Granma destacó hoy que La Demajagua se convirtió para todos los cubanos en un símbolo supremo de rebeldía.

La sentencia la expuso al clausurar la conmemoración por los 152 años de la lucha por la independencia en la Isla, acto protagonizado por el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, un día como el de hoy.
 
Un arreglo floral en nombre del pueblo colocaron las nuevas generaciones como homenaje al patricio, frente a la campana que aquella histórica mañana repicó por la independencia.
 
Momentos especiales constituyeron los reconocimientos a los colectivos de Radio Bayamo y el periódico La Demajagua por sus respectivos aniversarios 83 y 43 y al Parque Museo La Demajagua, Monumento Nacional inaugurado por Fidel hace 52 años.
 
Federico Hernández Hernández, presidente del Consejo de Defensa provincial, junto a sus homólogos entregaron el carnét del Partido Comunista de Cuba a nuevos militantes.
 
El máximo dirigente político granmense recordó que Céspedes, el más preclaro de los compatriotas, logró con su ímpetu llamar al combate y hacerse a la manigua emancipadora y demostró que Cuba tenía ya por derecho propio la aspiración de la soberanía.
 
“Los cubanos de estos tiempos reafirmamos que la Revolución iniciada por Céspedes y hecha realidad por nuestro invencible Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, la defenderemos al precio que sea necesario aún en las condiciones más complejas.”
 
Hernández Hernández expuso que 2020 ha sido un año complejo matizado por el enfrentamiento a la Covid y el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba.
El también integrante del Comité Central expuso que “ningún país ha sido capaz de sostener y mantener los indicadores en el enfrentamiento al nuevo coronavirus y ahora se impone actuar con mayor responsabilidad y disciplina.
 
La salud y la educación en este período se mostraron como fortalezas de la Revolución.
“La economía requiere de mayor eficiencia y calidad en cada uno de sus órdenes, la producción de alimentos, el avance del turismo, los programas de desarrollo local y el combate contra toda manifestación negativa.
 
“Continuemos por siempre nuestra lucha por defender esta tierra, esta bandera y este cielo. Vivamos orgullosos de vivir y trabajar en la tierra de Céspedes y que su espíritu nos acompañará siempre en cada nuevo esfuerzo y victoria.”
 
En el acto conmemorativo estuvieron además Francisco Escribano Cruz, vicepresidente del Consejo de Defensa provincial; Yanetsy Terry Gutiérrez, vicegobernadora granmense, otros dirigentes del las organizaciones políticas, de masas, del Ministerio del Interior, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, jóvenes, artistas e intelectuales.
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(tomado de La Demajagua)

Despertar

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FOTO/ Rafael Martínez Arias
 
 

Despertar profundo y definitivo quizás serían las palabras perfectas para evocarlo. Solo un pueblo cansado de alzar su voz sin ser escuchado es capaz de rebelarse contra el yugo que lo oprime. Tales contiendas, casi utópicas en 1800, fueron palpables seis décadas después, con el júbilo de quien va a una gran celebración, en lugar de una a guerra.

Solo había una meta convertida en cántico, un ¡Viva Cuba Libre! como guía de los independentistas. No hubo entonces más opción que buscar una libertad, cuyo precio incluía una cláusula de posible muerte en el intento. Esos genuinos ideales derrumbaban toda duda, valían la vida.

Se vislumbraba, aquel 10 de octubre de 1868, el fin de una opresión extendida por más de tres centurias de dominación española. La envergadura de la fecha radica no en el alzamiento en sí, ni en el acto de liberar a los esclavos para invitarlos a participar en la contienda; viene del profundo grito de libertad ahogado durante años. Era el nacimiento de la nación cubana y la forja de una identidad.

El tintineo de las campanas en el alba vaticinaba algo innegable ¿Quién se hubiera imaginado que un ingenio azucarero, enclavado en el Golfo del Guacanayabo, cuyo nombre provenía de una planta, sería el punto de partida?

Con las armas a punto de empuñarse, un Céspedes enérgico, como líder del movimiento, proclamaba en La Demajagua el Manifiesto del Diez de Octubre; ese que se convertiría en el programa de lucha de la guerra.

Y 152 años después, el pueblo – acreedor de tales ideales- expresa su disposición para enfrentar a quien intente apoderarse de Cuba. Como aquellos patricios fundadores, no dejaremos caer nuestra espada.

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 (tomado de La Demajagua )

Despertar

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Despertar profundo y definitivo quizás serían las palabras perfectas para evocarlo. Solo un pueblo cansado de alzar su voz sin ser escuchado es capaz de rebelarse contra el yugo que lo oprime. Tales contiendas, casi utópicas en 1800, fueron palpables seis décadas después, con el júbilo de quien va a una gran celebración, en lugar de una a guerra.

Solo había una meta convertida en cántico, un ¡Viva Cuba Libre! como guía de los independentistas. No hubo entonces más opción que buscar una libertad, cuyo precio incluía una cláusula de posible muerte en el intento. Esos genuinos ideales derrumbaban toda duda, valían la vida.

Se vislumbraba, aquel 10 de octubre de 1868, el fin de una opresión extendida por más de tres centurias de dominación española. La envergadura de la fecha radica no en el alzamiento en sí, ni en el acto de liberar a los esclavos para invitarlos a participar en la contienda; viene del profundo grito de libertad ahogado durante años. Era el nacimiento de la nación cubana y la forja de una identidad.

El tintineo de las campanas en el alba vaticinaba algo innegable ¿Quién se hubiera imaginado que un ingenio azucarero, enclavado en el Golfo del Guacanayabo, cuyo nombre provenía de una planta, sería el punto de partida?

Con las armas a punto de empuñarse, un Céspedes enérgico, como líder del movimiento, proclamaba en La Demajagua el Manifiesto del Diez de Octubre; ese que se convertiría en el programa de lucha de la guerra.

Y 152 años después, el pueblo – acreedor de tales ideales- expresa su disposición para enfrentar a quien intente apoderarse de Cuba. Como aquellos patricios fundadores, no dejaremos caer nuestra espada.

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 (tomado de La Demajagua )

El 10 de octubre se dio el primer paso de la Revolución cubana

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Este 10 de octubre arribamos al aniversario 152 del inicio de las guerras independentistas del pueblo cubano contra el dominio español. Es también el primer paso de la Revolución cubana, que trajo la definitiva libertad a Cuba el primero de enero de 1959, con la victoria del Ejército Rebelde y que se extiende hasta el presente.

El 10 de octubre de 1868 se convirtió en un día glorioso en el cual Carlos Manuel de Céspedes emprendió el camino hacia la conquista de la libertad. El repicar de la campana de La Demajagua marcó el llamado a la insurgencia, a la vez que al liberar a sus esclavos Céspedes los elevó a la condición de ciudadanos, y los exhortó a empuñar las armas para conquistar la libertad, la independencia y la soberanía.

Ese hecho histórico dio comienzo a una Revolución que ha transitado por diferentes etapas, y que llega hasta nuestros días con la fuerza indetenible de un pueblo que no ha podido ser doblegado jamás, ni siquiera por el más poderoso imperio hostil que ha fracasado en todos sus intentos de apoderarse de la codiciada fruta.

El camino emprendido en el ingenio azucarero cercano a la ciudad de Manzanillo, ha sido desde entonces largo y tortuoso, pero a la vez cargado de empeños  revolucionarios que atestiguan la decisión irrevocable de continuar siempre adelante.

El Héroe Nacional cubano José Martí, en 1887, al recordar la epopeya del 10 de octubre señaló: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de la fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella”.

Como cada 10 de octubre, los cubanos hacemos un alto para recordar a Céspedes, iniciador insigne de las luchas libertarias, y reconocido como el Padre de la Patria, por su digna respuesta ante el apresamiento de su hijo carnal Oscar.

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( Radio Angulo )

El 10 de octubre se dio el primer paso de la Revolución cubana

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Este 10 de octubre arribamos al aniversario 152 del inicio de las guerras independentistas del pueblo cubano contra el dominio español. Es también el primer paso de la Revolución cubana, que trajo la definitiva libertad a Cuba el primero de enero de 1959, con la victoria del Ejército Rebelde y que se extiende hasta el presente.

El 10 de octubre de 1868 se convirtió en un día glorioso en el cual Carlos Manuel de Céspedes emprendió el camino hacia la conquista de la libertad. El repicar de la campana de La Demajagua marcó el llamado a la insurgencia, a la vez que al liberar a sus esclavos Céspedes los elevó a la condición de ciudadanos, y los exhortó a empuñar las armas para conquistar la libertad, la independencia y la soberanía.

Ese hecho histórico dio comienzo a una Revolución que ha transitado por diferentes etapas, y que llega hasta nuestros días con la fuerza indetenible de un pueblo que no ha podido ser doblegado jamás, ni siquiera por el más poderoso imperio hostil que ha fracasado en todos sus intentos de apoderarse de la codiciada fruta.

El camino emprendido en el ingenio azucarero cercano a la ciudad de Manzanillo, ha sido desde entonces largo y tortuoso, pero a la vez cargado de empeños  revolucionarios que atestiguan la decisión irrevocable de continuar siempre adelante.

El Héroe Nacional cubano José Martí, en 1887, al recordar la epopeya del 10 de octubre señaló: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de la fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella”.

Como cada 10 de octubre, los cubanos hacemos un alto para recordar a Céspedes, iniciador insigne de las luchas libertarias, y reconocido como el Padre de la Patria, por su digna respuesta ante el apresamiento de su hijo carnal Oscar.

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( Radio Angulo )

El primer día de la libertad

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Fue el repique de una campana que por vez primera no llamó al trabajo forzoso en los campos, sino al clarín de guerra, el anuncio de una alborada memorable y redentora.

Era 10 de octubre de 1868 y, al calor de una convocatoria insurgente, un estandarte propio en mano firme y un ideal inquebrantable, Cuba despertaba del letargo pasivo frente a siglos de dominación española, para salir a conquistar, de la mano de sus hijos y por el único camino posible –el de las armas–, el derecho genuino de una nación a su libertad.

Nunca antes la Isla había sido más honrada que aquella mañana fundacional en el entonces ingenio La Demajagua, cuando Carlos Manuel de Céspedes se apartara para siempre de su condición de acaudalado criollo bayamés, para erigirse como iniciador y guía preclaro de nuestras luchas independentistas, al convocar al estallido indispensable y lograr hermanar, en una causa justa, a negros y blancos, a ricos y desposeídos.

Allí se dignificaba, en otro gesto sublime de Céspedes, la vida de los esclavos, despojados desde entonces de tal condición, y reconocidos como ciudadanos, con el derecho absoluto a decidir sobre su incorporación o no al combate en la manigua.

Pero el verbo enardecido y los argumentos irrebatibles expuestos en una declaración emancipadora, elevada a Manifiesto, fueron acaso el mayor convite para quienes habían sufrido en carne propia el rigor del látigo y la desidia del gobierno español, y para los que allí decidieron cambiar riquezas por decoro.

«Señores: la hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!», exclamaría enardecido Céspedes.

Y así fue. Los cubanos se levantaron en nombre de la libertad con más coraje que armas, decididos a abonar con su sangre la tierra patria antes que continuar sometidos al yugo opresor.

Detrás, varias generaciones que harían valer tanta gallardía mambisa. Martí, Guiteras, Villena, Abel, Che, Camilo… Fidel; un ideal que marcó la ruta de los procesos libertarios de la nación hasta el triunfo definitivo de enero de 1959 y que, aún hoy, a 152 años de aquel amanecer irreverente, se abraza en este caimán rebelde con los mismos bríos de octubre.

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( Radio Cadena Habana )

El primer día de la libertad

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Fue el repique de una campana que por vez primera no llamó al trabajo forzoso en los campos, sino al clarín de guerra, el anuncio de una alborada memorable y redentora.

Era 10 de octubre de 1868 y, al calor de una convocatoria insurgente, un estandarte propio en mano firme y un ideal inquebrantable, Cuba despertaba del letargo pasivo frente a siglos de dominación española, para salir a conquistar, de la mano de sus hijos y por el único camino posible –el de las armas–, el derecho genuino de una nación a su libertad.

Nunca antes la Isla había sido más honrada que aquella mañana fundacional en el entonces ingenio La Demajagua, cuando Carlos Manuel de Céspedes se apartara para siempre de su condición de acaudalado criollo bayamés, para erigirse como iniciador y guía preclaro de nuestras luchas independentistas, al convocar al estallido indispensable y lograr hermanar, en una causa justa, a negros y blancos, a ricos y desposeídos.

Allí se dignificaba, en otro gesto sublime de Céspedes, la vida de los esclavos, despojados desde entonces de tal condición, y reconocidos como ciudadanos, con el derecho absoluto a decidir sobre su incorporación o no al combate en la manigua.

Pero el verbo enardecido y los argumentos irrebatibles expuestos en una declaración emancipadora, elevada a Manifiesto, fueron acaso el mayor convite para quienes habían sufrido en carne propia el rigor del látigo y la desidia del gobierno español, y para los que allí decidieron cambiar riquezas por decoro.

«Señores: la hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!», exclamaría enardecido Céspedes.

Y así fue. Los cubanos se levantaron en nombre de la libertad con más coraje que armas, decididos a abonar con su sangre la tierra patria antes que continuar sometidos al yugo opresor.

Detrás, varias generaciones que harían valer tanta gallardía mambisa. Martí, Guiteras, Villena, Abel, Che, Camilo… Fidel; un ideal que marcó la ruta de los procesos libertarios de la nación hasta el triunfo definitivo de enero de 1959 y que, aún hoy, a 152 años de aquel amanecer irreverente, se abraza en este caimán rebelde con los mismos bríos de octubre.

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( Radio Cadena Habana )

Carlos Manuel de Céspedes: la virtud revolucionaria

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Era necesario el 10 de octubre de 1868, como lo fue el 24 de febrero de 1895 y el primero de enero de 1959. La visión de la Revolución como una sola, como un devenir secular, nos da firmeza desde el sentido culto de que ella, la Revolución, no es un revolico ni una algarabía, ni un estentóreo movimiento, sino algo más profundo y serio

Céspedes sería no sólo el valiente protagonista principal del diez de octubre. En los años venideros, incontables sacrificios y dilemáticos hechos se presentarían ante él como una sucesión vertiginosa que pasa necesariamente por momentos estelares Autor: Internet  
 
«Aquella década magnífica, llena de épicos arranques y
necesarios extravíos, renace con sus héroes,
con sus hombres desnudos, con sus mujeres admirables,
con sus astutos campesinos, con sus sendas secretas,
con sus expedicionarios valerosos.
Ya las armas están probadas, y lo inútil se desecha,
y lo aprovechable se utiliza.
Ya no se empleará el tiempo en ensayar: se empleará en vencer»
José Martí
 
 
 

Al alba del 10 de octubre de 1868, a la vista del golfo de Guacanayabo y perdidas en la mirada las altas montañas del Oriente en el ingenio Demajagua, el abogado Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo reunió a aquella vanguardia selecta y aguerrida que juramentada previamente en la reunión celebrada en la finca San Miguel del Rompe, más allá del Río Jobabo, habían acordado secundar al primero que se viera precisado a levantarse en armas. Aquella secreta convocatoria celebrada bajo el juramento y el sigilo masónico con el nombre críptico de Convención de Tirzán, sería la última vez en que se dilatase el acto crucial.

En medio de un puñado de hombres y esclavos que ipso facto quedarían redimidos, el iniciador daba lectura al manifiesto que selló la determinación independentista: «Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciones autoriza ese último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso».

Su bandera, que por primeva vez enarboló ese día, cosida por la joven lugareña Candelaria Acosta, le acompañaría hasta la Asamblea Constituyente de Guáimaro. Allí, por acuerdo de todos pasaría a ser un tesoro de la nación y sería colocada por siempre dondequiera que se reuniera y bajo cualquier circunstancia, una asamblea cubana. Para no agraviar esa precedencia acordarían asociarla a la del triángulo equilátero y la estrella solitaria que con idénticos colores: rojo, azul y blanco, habían diseñado los precursores y se convirtió luego en la bandera de Cuba.

Céspedes sería no sólo el valiente protagonista principal del diez de octubre. En los años venideros, incontables sacrificios y dilemáticos hechos se presentarían ante él como una sucesión vertiginosa que pasa necesariamente por momentos estelares:
– La refriega en el poblado de Yara que otorgaría nombre a la Revolución iniciada en el patio del ingenio.
– Su determinación de seguir adelante cuando en medio de la confusión momentánea se arremolinan junto a él sólo doce hombres.
– La toma de la ciudad de Bayamo, primera capital de la Revolución, su defensa fallida, su actitud ante la Asamblea Constituyente y su acatamiento del criterio mayoritario según el cual el presidente de la República en Armas debía someterse a una asamblea legislativa.

José Martí, Apóstol de Cuba, realizó el análisis certero de aquella utopía democrática al reconocer que Céspedes no creía en una autoridad dividida pues «la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos. Él tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía». (1)

– Los avatares de su gobierno itinerante, la crudeza de la guerra desencadenada en toda su magnitud.
– El sacrificio de su amado hijo Oscar, capturado por el enemigo y ante el ofrecimiento de su vida a cambio de sus ideas responderá: «Oscar no es mi único hijo; soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución». Y así nace el Padre de la Patria.
– Abierta la caja de Pandora, aconteció su deposición por un acto jurídico desentendido del carácter trascendental de su vida, obra y liderazgo. Hoy resultaría cuestionable bajo el principio de que la única fuente de derecho es la Revolución misma.
– Su peregrinaje ejemplar por los montes hasta arribar a un sitio entonces ignoto llamado San Lorenzo, donde el 27 de febrero de 1874 cayó serenamente sin renunciar a uno solo de sus principios.

La forja de la unidad de la nación ha sido una epopeya que jamás podrá ser soslayada o disminuida en su sentido vital. ¡Qué precio tan alto se pagó por la desunión o por tratar de anticipar los acontecimientos políticos! Así lo sintió Martí cuando realizó desde la emoción contenida su elogio de Céspedes y Agramonte: «De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence… Aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya». (2)

El presidente Céspedes fue depuesto de su magistratura en un campamento que llevaba el paradójico nombre de Bijagual de Jiguaní. Otra cosa no fue aquél sitio, un bibijagüero donde los héroes de patria chica quiebran el orden moral tratando de defender el constitucional.

La Revolución victoriosa del primero de enero de 1959, en su profundo accionar determinó que aquél sitio doloroso fuera cubierto por una presa inmensa, un lago purificador que lleva el nombre de Carlos Manuel de Céspedes. ¡Esa fue la determinación de Fidel!

¡Qué poder grande tienen los símbolos y qué papel redentor tiene la poesía para ayudarnos, sin perder un instante de objetividad, a comprender los hechos históricos! Ante la Historia sólo se puede entrar con la cabeza descubierta.

¡Pobres de los racionalistas, de los que quieren ser más jacobinos que los de la revolución francesa! Desde la insurgencia, la clandestinidad y el exilio se puede únicamente soñar. Sólo desde el poder político se pueden transformar la sociedad y la Historia. Una vez que se tiene, se adquiere una inmensa responsabilidad.
El espíritu de los revolucionarios no puede naufragar en las aguas muertas de la burocracia, el freno nefasto al movimiento enérgico y liberador que permite a todo proceso observar una dialéctica original: escuchar y tomar ejemplo de otras experiencias pero asumir la singularidad de la propia.

Era necesario el 10 de octubre de 1868, como lo fue el 24 de febrero de de 1895 y el primero de enero de 1959. La visión de la Revolución como una sola, como un devenir secular, nos da firmeza desde el sentido culto de que ella, la Revolución, no es un revolico ni una algarabía, ni un estentóreo movimiento, sino algo más profundo y serio.

Así lo vio Céspedes en la madurez de su pensamiento y en su alocución memorable al ser proclamado presidente de la República en Armas el 11 de abril de 1869, cuando «en el acto de empeñar su lucha contra el opresor», como un compromiso ante su «propia conciencia» juró: «Cubanos: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación». 

Notas:

1- En Martí, José. Carlos Manuel de Céspedes. En La revolución de 1868. Centenario 1868.  Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1968, pp. 197-198.
2- Martí, José. Obras Completas. Tomo 4. Editorial Ciencias Sociales. La Habana 1975, p. 359.

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 (Juventud Rebelde)

Carlos Manuel de Céspedes: la virtud revolucionaria

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Era necesario el 10 de octubre de 1868, como lo fue el 24 de febrero de 1895 y el primero de enero de 1959. La visión de la Revolución como una sola, como un devenir secular, nos da firmeza desde el sentido culto de que ella, la Revolución, no es un revolico ni una algarabía, ni un estentóreo movimiento, sino algo más profundo y serio

Céspedes sería no sólo el valiente protagonista principal del diez de octubre. En los años venideros, incontables sacrificios y dilemáticos hechos se presentarían ante él como una sucesión vertiginosa que pasa necesariamente por momentos estelares Autor: Internet  
 
«Aquella década magnífica, llena de épicos arranques y
necesarios extravíos, renace con sus héroes,
con sus hombres desnudos, con sus mujeres admirables,
con sus astutos campesinos, con sus sendas secretas,
con sus expedicionarios valerosos.
Ya las armas están probadas, y lo inútil se desecha,
y lo aprovechable se utiliza.
Ya no se empleará el tiempo en ensayar: se empleará en vencer»
José Martí
 
 
 

Al alba del 10 de octubre de 1868, a la vista del golfo de Guacanayabo y perdidas en la mirada las altas montañas del Oriente en el ingenio Demajagua, el abogado Carlos Manuel de Céspedes y López del Castillo reunió a aquella vanguardia selecta y aguerrida que juramentada previamente en la reunión celebrada en la finca San Miguel del Rompe, más allá del Río Jobabo, habían acordado secundar al primero que se viera precisado a levantarse en armas. Aquella secreta convocatoria celebrada bajo el juramento y el sigilo masónico con el nombre críptico de Convención de Tirzán, sería la última vez en que se dilatase el acto crucial.

En medio de un puñado de hombres y esclavos que ipso facto quedarían redimidos, el iniciador daba lectura al manifiesto que selló la determinación independentista: «Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciones autoriza ese último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso».

Su bandera, que por primeva vez enarboló ese día, cosida por la joven lugareña Candelaria Acosta, le acompañaría hasta la Asamblea Constituyente de Guáimaro. Allí, por acuerdo de todos pasaría a ser un tesoro de la nación y sería colocada por siempre dondequiera que se reuniera y bajo cualquier circunstancia, una asamblea cubana. Para no agraviar esa precedencia acordarían asociarla a la del triángulo equilátero y la estrella solitaria que con idénticos colores: rojo, azul y blanco, habían diseñado los precursores y se convirtió luego en la bandera de Cuba.

Céspedes sería no sólo el valiente protagonista principal del diez de octubre. En los años venideros, incontables sacrificios y dilemáticos hechos se presentarían ante él como una sucesión vertiginosa que pasa necesariamente por momentos estelares:
– La refriega en el poblado de Yara que otorgaría nombre a la Revolución iniciada en el patio del ingenio.
– Su determinación de seguir adelante cuando en medio de la confusión momentánea se arremolinan junto a él sólo doce hombres.
– La toma de la ciudad de Bayamo, primera capital de la Revolución, su defensa fallida, su actitud ante la Asamblea Constituyente y su acatamiento del criterio mayoritario según el cual el presidente de la República en Armas debía someterse a una asamblea legislativa.

José Martí, Apóstol de Cuba, realizó el análisis certero de aquella utopía democrática al reconocer que Céspedes no creía en una autoridad dividida pues «la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos. Él tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía». (1)

– Los avatares de su gobierno itinerante, la crudeza de la guerra desencadenada en toda su magnitud.
– El sacrificio de su amado hijo Oscar, capturado por el enemigo y ante el ofrecimiento de su vida a cambio de sus ideas responderá: «Oscar no es mi único hijo; soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución». Y así nace el Padre de la Patria.
– Abierta la caja de Pandora, aconteció su deposición por un acto jurídico desentendido del carácter trascendental de su vida, obra y liderazgo. Hoy resultaría cuestionable bajo el principio de que la única fuente de derecho es la Revolución misma.
– Su peregrinaje ejemplar por los montes hasta arribar a un sitio entonces ignoto llamado San Lorenzo, donde el 27 de febrero de 1874 cayó serenamente sin renunciar a uno solo de sus principios.

La forja de la unidad de la nación ha sido una epopeya que jamás podrá ser soslayada o disminuida en su sentido vital. ¡Qué precio tan alto se pagó por la desunión o por tratar de anticipar los acontecimientos políticos! Así lo sintió Martí cuando realizó desde la emoción contenida su elogio de Céspedes y Agramonte: «De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence… Aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya». (2)

El presidente Céspedes fue depuesto de su magistratura en un campamento que llevaba el paradójico nombre de Bijagual de Jiguaní. Otra cosa no fue aquél sitio, un bibijagüero donde los héroes de patria chica quiebran el orden moral tratando de defender el constitucional.

La Revolución victoriosa del primero de enero de 1959, en su profundo accionar determinó que aquél sitio doloroso fuera cubierto por una presa inmensa, un lago purificador que lleva el nombre de Carlos Manuel de Céspedes. ¡Esa fue la determinación de Fidel!

¡Qué poder grande tienen los símbolos y qué papel redentor tiene la poesía para ayudarnos, sin perder un instante de objetividad, a comprender los hechos históricos! Ante la Historia sólo se puede entrar con la cabeza descubierta.

¡Pobres de los racionalistas, de los que quieren ser más jacobinos que los de la revolución francesa! Desde la insurgencia, la clandestinidad y el exilio se puede únicamente soñar. Sólo desde el poder político se pueden transformar la sociedad y la Historia. Una vez que se tiene, se adquiere una inmensa responsabilidad.
El espíritu de los revolucionarios no puede naufragar en las aguas muertas de la burocracia, el freno nefasto al movimiento enérgico y liberador que permite a todo proceso observar una dialéctica original: escuchar y tomar ejemplo de otras experiencias pero asumir la singularidad de la propia.

Era necesario el 10 de octubre de 1868, como lo fue el 24 de febrero de de 1895 y el primero de enero de 1959. La visión de la Revolución como una sola, como un devenir secular, nos da firmeza desde el sentido culto de que ella, la Revolución, no es un revolico ni una algarabía, ni un estentóreo movimiento, sino algo más profundo y serio.

Así lo vio Céspedes en la madurez de su pensamiento y en su alocución memorable al ser proclamado presidente de la República en Armas el 11 de abril de 1869, cuando «en el acto de empeñar su lucha contra el opresor», como un compromiso ante su «propia conciencia» juró: «Cubanos: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación». 

Notas:

1- En Martí, José. Carlos Manuel de Céspedes. En La revolución de 1868. Centenario 1868.  Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1968, pp. 197-198.
2- Martí, José. Obras Completas. Tomo 4. Editorial Ciencias Sociales. La Habana 1975, p. 359.

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 (Juventud Rebelde)

El inicio de nuestras luchas por la independencia será evocado en todo el país, especialmente en el sitio donde Carlos Manuel de Céspedes se levantó en armas

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Céspedes, aquel 10 de octubre de 1868, en el glorioso Grito de la Demajagua. Foto: Archivo.

MANZANILLO, Granma.— El inicio de las gestas libertarias de Cuba será recordado en toda la nación, especialmente en el actual Parque Nacional La Demajagua, donde se encuentran las ruinas del ingenio azucarero desde el que Carlos Manuel de Céspedes convocó a la lucha por la independencia.

 En ese sitio se rendirá homenaje, con una ofrenda floral y un sencillo acto, al Padre de la Patria y a los hombres que el 10 de octubre de 1868 se lanzaron con muy pocas armas, pero con una gran determinación, a la contienda contra la metrópoli española.

 Aliuska Hernández Rodríguez, miembro del Buró Municipal del Partido en Manzanillo, explicó que el acto se realizará con un grupo reducido de personas, como establecen las actuales normas sanitarias.

 Durante la jornada tendrá lugar la entrega del carné del Partido a diez manzanilleros y será reconocido el museo enclavado en La Demajagua, inaugurado el 10 de octubre de 1968, fecha en la que Fidel pronunció un memorable discurso a pocos metros de esa instalación.

 Por otra parte, la Casa Natal de Céspedes, en Bayamo, celebrará la jornada Por la ruta del Iniciador, que incluye la conferencia del historiador Sergio Garcés, titulada O Cuba o Washington.

 Asimismo se presentará el boletín El avisador cespediano, que contiene varios artículos relacionados con la contienda comenzada hace 152 años, entre estos uno sobre la vida de Candelaria Acosta, la muchacha que cosió la bandera enarbolada por Céspedes aquel inolvidable 10 de Octubre.

 En centros laborales de todo el país también se evocarán los trascendentales momentos en el que el patriota hizo sonar las campanas del otrora ingenio azucarero y dio a conocer el proyecto de lucha con un manifiesto, liberó a sus esclavos, los incorporó al naciente Ejército Libertador y los llamó hermanos.

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 ( Juventud Rebelde )

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