, Año 64 de la Revolución______________________________

PARA LA HORA

Bitácora digital

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La paciencia está en el aire (I)

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Si pierdes la ecuanimidad con un vehículo, un semáforo o tu teléfono, estos no actuarán diferente bajo tu presión emocional; pero tu pareja, tu familia, tus colegas y otras personas en la calle pueden responder con dosis parecidas de exasperación




La paciencia es una virtud natural, no importa quien es más fuerte, sino quién ama más.


Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo

contigo mismo,

Francisco de Asís



En nuestro cerebro hay una sustancia que podría suministrarnos toda la paciencia que necesitamos para enfrentar los retos de la vida, en especial en las relaciones humanas, porque si pierdes la ecuanimidad con un vehículo, un semáforo o tu teléfono, estos no actuarán diferente bajo tu presión emocional; pero tu pareja, tu familia, tus colegas y otras personas en la calle pueden responder con dosis parecidas de exasperación, y lo que empezó como un simple incidente termina en una pelea de consecuencias impredecibles.

Un equipo del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST) comprobó mediante experimentos de Neurosicología que la acción de la serotonina en determinadas áreas del cerebro logra que la persona se pacifique, tome distancia emocional con el reto y controle sus impulsos, encontrando una solución más rápida y eficiente al problema. Si es que en verdad tenía solución ¡y si es que en verdad era un problema!


El propósito del experimento nipón era crear nuevos fármacos para servicios de Salud Mental, pero su aplicación es más amplia, porque si conociéramos cómo multiplicar naturalmente ese neurotransmisor en nuestro cerebro, podríamos evitar situaciones incómodas que muchas veces derivan en ruptura de hermosos proyectos de vida, complejos en la descendencia, mala fama en el entorno laboral o amistoso y sufrimiento de personas que amamos, pero tienen el don de sacarnos de nuestras casillas.

No se trata solo de no saber esperar, de una incorrecta educación formal o de no sentir empatía. La mente sabe que nuestro tiempo humano es finito e intenta multiplicarlo en proyectos y rutinas a nuestra conveniencia, exigiendo a veces que los demás respeten esos diseños sin cuestionar nuestro ritmo para cumplirlos.

En ese afán del impulsivo ego no siempre nos detenemos a revisar si estamos respetando los tiempos y necesidades ajenas, o si nuestra impaciencia es reflejo de cierta impotencia porque las cosas no salen como quisiéramos, y el caos alrededor es expresión de la entropía natural de un sistema de vida individualista que da bandazos entre angustia y placer de forma incontrolable.

Al final del día apenas pasamos unos minutos relajados, en un punto neutro emocional, que es cuando mejor puede aprovechar sus potencialidades creativas y curativas. Y esa relajación llega cuando sueltas los esfuerzos por tenerlo todo bajo control, en especial a las personas con las que convives en casa o el trabajo.

Varios ejemplos lo ilustran: adultos que se levantan tarde y despiertan con brusquedad a los hijos; jóvenes que agitan a sus mayores dependientes para alimentarlos o asearlos, hermanos que arrastran a los más pequeños porque van con una meta en la cabeza y no recuerdan qué importante es a esa edad el proceso de descubrir el mundo cambiante a su alrededor.

Ah, pero si la otra persona intenta subvertir esas rutinas de contrarreloj porque «se antoja» de algo o no entiende las instrucciones, la persona responsable explota en frases y gestos impacientes que (bien lo sabe) lamentará muy pronto, pero no logra detener en ese incómodo momento.

Todos los vínculos se dañan con esos ataques de impaciencia, en especial en las familias, y sobre todo se resienten las personalidades infantiles en formación, que crecen inseguras y asumen la exigencia intolerante como incentivo para que otros gestionen sus deseos. ¡Y luego nos preguntamos por qué nos dan tantas perretas!


Respira y piensa


Nos guste o no, la mente tiende a ser ansiosa. La paciencia es expresión de madurez, eso que te permite permanecer en ese estado calmadamente lúcido mucho más tiempo y tomar decisiones basadas en el amor y sus emociones afines: piedad, aprecio, respeto, comprensión, humildad, simpatía…

Un secreto a voces para lograr mayor nivel de serotonina está en la respiración. «Cuenta hasta diez», nos decían las abuelas, y muchas generaciones atrás dijeron lo mismo. Inhalar profundo te trae al presente, más allá de las causas (racionales o no) que desembocaron en este retador momento. Retener el aire unos segundos pone en alerta todo el sistema nervioso y frena impulsos automáticos que pueden ser tóxicos y empeorar la situación (como gritar o defenderte con ira). Exhalar lento y profundo relaja tu sistema muscular, te da una mejor perspectiva del lugar que ocupa en tu vida la persona con la que te enfrentas y gana tiempo para que tu mente organice su estrategia de respuesta, en palabras o acciones.

El Tao, esa sabiduría milenaria que aporta al conocimiento del ser humano en el contexto del Universo, dice que la paciencia es el sabor de la vida, porque sin ella puede llegar a ser insípida o áspera, como un caldo cocinado sin amor y sin sal.  

_______________________

 ( JR)

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La paciencia está en el aire (I)

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Si pierdes la ecuanimidad con un vehículo, un semáforo o tu teléfono, estos no actuarán diferente bajo tu presión emocional; pero tu pareja, tu familia, tus colegas y otras personas en la calle pueden responder con dosis parecidas de exasperación




La paciencia es una virtud natural, no importa quien es más fuerte, sino quién ama más.


Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo

contigo mismo,

Francisco de Asís



En nuestro cerebro hay una sustancia que podría suministrarnos toda la paciencia que necesitamos para enfrentar los retos de la vida, en especial en las relaciones humanas, porque si pierdes la ecuanimidad con un vehículo, un semáforo o tu teléfono, estos no actuarán diferente bajo tu presión emocional; pero tu pareja, tu familia, tus colegas y otras personas en la calle pueden responder con dosis parecidas de exasperación, y lo que empezó como un simple incidente termina en una pelea de consecuencias impredecibles.

Un equipo del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST) comprobó mediante experimentos de Neurosicología que la acción de la serotonina en determinadas áreas del cerebro logra que la persona se pacifique, tome distancia emocional con el reto y controle sus impulsos, encontrando una solución más rápida y eficiente al problema. Si es que en verdad tenía solución ¡y si es que en verdad era un problema!


El propósito del experimento nipón era crear nuevos fármacos para servicios de Salud Mental, pero su aplicación es más amplia, porque si conociéramos cómo multiplicar naturalmente ese neurotransmisor en nuestro cerebro, podríamos evitar situaciones incómodas que muchas veces derivan en ruptura de hermosos proyectos de vida, complejos en la descendencia, mala fama en el entorno laboral o amistoso y sufrimiento de personas que amamos, pero tienen el don de sacarnos de nuestras casillas.

No se trata solo de no saber esperar, de una incorrecta educación formal o de no sentir empatía. La mente sabe que nuestro tiempo humano es finito e intenta multiplicarlo en proyectos y rutinas a nuestra conveniencia, exigiendo a veces que los demás respeten esos diseños sin cuestionar nuestro ritmo para cumplirlos.

En ese afán del impulsivo ego no siempre nos detenemos a revisar si estamos respetando los tiempos y necesidades ajenas, o si nuestra impaciencia es reflejo de cierta impotencia porque las cosas no salen como quisiéramos, y el caos alrededor es expresión de la entropía natural de un sistema de vida individualista que da bandazos entre angustia y placer de forma incontrolable.

Al final del día apenas pasamos unos minutos relajados, en un punto neutro emocional, que es cuando mejor puede aprovechar sus potencialidades creativas y curativas. Y esa relajación llega cuando sueltas los esfuerzos por tenerlo todo bajo control, en especial a las personas con las que convives en casa o el trabajo.

Varios ejemplos lo ilustran: adultos que se levantan tarde y despiertan con brusquedad a los hijos; jóvenes que agitan a sus mayores dependientes para alimentarlos o asearlos, hermanos que arrastran a los más pequeños porque van con una meta en la cabeza y no recuerdan qué importante es a esa edad el proceso de descubrir el mundo cambiante a su alrededor.

Ah, pero si la otra persona intenta subvertir esas rutinas de contrarreloj porque «se antoja» de algo o no entiende las instrucciones, la persona responsable explota en frases y gestos impacientes que (bien lo sabe) lamentará muy pronto, pero no logra detener en ese incómodo momento.

Todos los vínculos se dañan con esos ataques de impaciencia, en especial en las familias, y sobre todo se resienten las personalidades infantiles en formación, que crecen inseguras y asumen la exigencia intolerante como incentivo para que otros gestionen sus deseos. ¡Y luego nos preguntamos por qué nos dan tantas perretas!


Respira y piensa


Nos guste o no, la mente tiende a ser ansiosa. La paciencia es expresión de madurez, eso que te permite permanecer en ese estado calmadamente lúcido mucho más tiempo y tomar decisiones basadas en el amor y sus emociones afines: piedad, aprecio, respeto, comprensión, humildad, simpatía…

Un secreto a voces para lograr mayor nivel de serotonina está en la respiración. «Cuenta hasta diez», nos decían las abuelas, y muchas generaciones atrás dijeron lo mismo. Inhalar profundo te trae al presente, más allá de las causas (racionales o no) que desembocaron en este retador momento. Retener el aire unos segundos pone en alerta todo el sistema nervioso y frena impulsos automáticos que pueden ser tóxicos y empeorar la situación (como gritar o defenderte con ira). Exhalar lento y profundo relaja tu sistema muscular, te da una mejor perspectiva del lugar que ocupa en tu vida la persona con la que te enfrentas y gana tiempo para que tu mente organice su estrategia de respuesta, en palabras o acciones.

El Tao, esa sabiduría milenaria que aporta al conocimiento del ser humano en el contexto del Universo, dice que la paciencia es el sabor de la vida, porque sin ella puede llegar a ser insípida o áspera, como un caldo cocinado sin amor y sin sal.  

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 ( JR)

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El Síndrome de Alienación Parental

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Aún están en debate el nombre y tratamientos posibles, pero se sabe que el fenómeno tiene consecuencias deplorables, como la baja autoestima de esos chicos, la dificultad para que respondan a la disciplina e, incluso, el peligro de fomentar un rencor que desemboque en cólera y hostilidad contra cualquiera de los padres u otros adultos implicados.



La alienación puede manifestarse en diversos grados, desde mostrar indiferencia o vergüenza por el vínculo biológico hasta temor incontrolable u odio patológico, que puede adormecerse o incrementarse con los años, en función de cómo reaccione el adulto agraviado.

A veces la alienación es un proceso no intencional, pero igual de dañino. Sin pensar en el resultado, se insultan o desvalorizan en presencia de sus hijos, a veces implicando a otros familiares o amistades; o se obstaculiza la visita frecuente y se minimizan sus aportes al sostén familiar. En esta situación incurren ambos padres en gran medida.

También puede ocurrir que se subestimen o ridiculicen los sentimientos del menor, se le demuestre celos si habla con afecto o admiración del ausente, se incentive o premie la conducta despectiva como algo que hace feliz a la familia y conforta en el duelo de la separación…

A la larga este fenómeno arraiga en la visión infantil sobre sus progenitores, al punto de creer cualquier razón absurda para mostrar rechazo o mentir y repiten comentarios valorativos impropios de su edad.

Alienar a un pequeño del amor de su padre es condenarlo a crecer sin ese apoyo esencial, y cuando tienen edad para comprender, muchos se culpan o se reviran contra el adulto alienador, ya sea la madre, su nueva pareja, abuelos impositivos u otros de gran ascendencia en la familia.

En abstracto, se reconoce el SAP como una forma de maltrato infantil, pero es difícil probarlo sin hacer más daño a la principal víctima. El camino más aceptado para confirmarlo es el diagnóstico diferencial, y exige pruebas de que no existía maltrato sicológico o físico previo por parte del progenitor alienado hacia su pareja o la descendencia.

Esa es otra alerta para quienes lidian en los tribunales, escuelas, comunidades y servicios médicos con los efectos de esa manipulación, pues sus manifestaciones pueden confundirse con conductas de infantes que han sido realmente víctimas o testigos de agresividad doméstica. Los límites entre ambas violencias son difusos, pero sus consecuencias son igualmente lamentables y están muy lejos de honrar las funciones asumidas al traer una vida al mundo. 

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 (JR )

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El Síndrome de Alienación Parental

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Aún están en debate el nombre y tratamientos posibles, pero se sabe que el fenómeno tiene consecuencias deplorables, como la baja autoestima de esos chicos, la dificultad para que respondan a la disciplina e, incluso, el peligro de fomentar un rencor que desemboque en cólera y hostilidad contra cualquiera de los padres u otros adultos implicados.



La alienación puede manifestarse en diversos grados, desde mostrar indiferencia o vergüenza por el vínculo biológico hasta temor incontrolable u odio patológico, que puede adormecerse o incrementarse con los años, en función de cómo reaccione el adulto agraviado.

A veces la alienación es un proceso no intencional, pero igual de dañino. Sin pensar en el resultado, se insultan o desvalorizan en presencia de sus hijos, a veces implicando a otros familiares o amistades; o se obstaculiza la visita frecuente y se minimizan sus aportes al sostén familiar. En esta situación incurren ambos padres en gran medida.

También puede ocurrir que se subestimen o ridiculicen los sentimientos del menor, se le demuestre celos si habla con afecto o admiración del ausente, se incentive o premie la conducta despectiva como algo que hace feliz a la familia y conforta en el duelo de la separación…

A la larga este fenómeno arraiga en la visión infantil sobre sus progenitores, al punto de creer cualquier razón absurda para mostrar rechazo o mentir y repiten comentarios valorativos impropios de su edad.

Alienar a un pequeño del amor de su padre es condenarlo a crecer sin ese apoyo esencial, y cuando tienen edad para comprender, muchos se culpan o se reviran contra el adulto alienador, ya sea la madre, su nueva pareja, abuelos impositivos u otros de gran ascendencia en la familia.

En abstracto, se reconoce el SAP como una forma de maltrato infantil, pero es difícil probarlo sin hacer más daño a la principal víctima. El camino más aceptado para confirmarlo es el diagnóstico diferencial, y exige pruebas de que no existía maltrato sicológico o físico previo por parte del progenitor alienado hacia su pareja o la descendencia.

Esa es otra alerta para quienes lidian en los tribunales, escuelas, comunidades y servicios médicos con los efectos de esa manipulación, pues sus manifestaciones pueden confundirse con conductas de infantes que han sido realmente víctimas o testigos de agresividad doméstica. Los límites entre ambas violencias son difusos, pero sus consecuencias son igualmente lamentables y están muy lejos de honrar las funciones asumidas al traer una vida al mundo. 

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Intimidad, pasión, compromiso

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La intimidad es uno de los componentes básicos de la pareja humana, cualquiera que sea su modelo de relación, su edad y cultura de origen, y aunque está conectada con el intercambio sexual, no son tales prácticas las que la garantizan



Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedo.
                                                                         José Saramago


 

La intimidad es uno de los componentes básicos de la pareja humana, cualquiera  que sea su modelo de relación, el género de sus integrantes, su edad y cultura de origen, y aunque está conectada con el intercambio sexual (coito, caricias, besos, desnudez), no son tales prácticas las que la garantizan.
 
Suele haber una gran intimidad en parejas distantes que se cuentan todo y tratan de cumplir sus fantasías eróticas por diversos medios, y en otras que han pasado mucho tiempo juntos y ya adivinan sus necesidades, estados de ánimo y reacciones hasta por una mirada o un suspiro.

En cambio, ese conocimiento del alma ajena, esa empatía sublimizada con el roce cotidiano, rara vez se alcanza en relaciones donde el sexo es transaccional, así sea reiterativo con la misma persona.

Se trata entonces de un vínculo emocional con un alto valor subjetivo, que se refleja en nuestra biología e impacta la calidad de vida en otras esferas sociales y materiales. De hecho, hay una hormona, la oxitocina, cuyo nivel revela ese grado de afinidad, confianza, comodidad y placer que nos genera cierta compañía, en los buenos y malos momentos.

Los estudios en ese sentido demuestran que la cercanía de la pareja es uno de los desencadenantes más poderosos de tal hormona, cuya función es dar refuerzo positivo para hacernos más agradables a su vista y a la vez compensar nuestros miedos y malestares físicos, porque el cariño alivia, literalmente, y consuela cuerpo, mente y espíritu.

Un detalle curioso: gracias a la oxitocina las mujeres se identifican de inmediato con sus criaturas, y esa lluvia de intimidad alcanza al padre o la madre acompañante, y despliega el potencial de afecto y unidad de la familia en crecimiento.
A las buenas…y a las malas  

A medida que aumenta la edad, la conducta sexual varía en función de las expectativas individuales, las condiciones de salud, el rendimiento físico y las emociones. Pero nada afecta más la capacidad erótica en la adultez que la ausencia de ese espacio íntimo, intangible, sagrado.

En su libro Amores y desamores en la vejez (Editorial Científico-Técnica, 2013), la sicóloga cubana María Elena Real se refiere a la intimidad como uno de los componentes de la tríada del amor, que completan el compromiso y la pasión, según la teoría desarrollada por el sexólogo Robert Stenrberg a partir de postulados muy antiguos.

Diez sentimientos definen la calidad de una relación íntima significativa: deseo de promover el bienestar de la persona amada, felicidad, gran respeto, capacidad de contar con esa persona, entendimiento mutuo, entrega de tus posesiones y tu tiempo, comunicación, valoración, recepción y entrega de apoyo emocional.

La profesora Real explica que tales sentimientos no se experimentan de forma aislada, sino como una sensación global que crece gradualmente, pero puede perderse si no se equilibra con autonomía.

Intimidad no equivale a fusión o dependencia, porque estos modelos atentan contra su solidez. Tampoco hay una receta única. Al decir de un lector de este espacio con más de 30 años de matrimonio, los cambios paulatinos de la edad y el devenir de la familia imponen nuevas formas de entendimiento que la pareja incorpora con naturalidad.

En la antigua cultura grecolatina llamaban ágape a ese estado de íntima satisfacción, que tiene sus cimientos en la etapa del eros  (esa embriaguez erótica e idealización del otro). Pero si la autoestima se confunde con la complacencia del ego y el sentido de pertenencia con dominio, en lugar de una sana complicidad se desarrolla un apego enfermizo, en el que la violencia encuentra cauces para envenenar el vínculo en nombre del amor.

Sin embargo, no siempre intimidad equivale a armonía. Algunas parejas evolucionan como enemigos íntimos cuya relación es altamente tóxica, pero no se animan a perder esa sinergia, pilar de su existencia durante mucho tiempo.

Las parejas que permanecen felizmente unidas por décadas saben que la pasión dialoga con el compromiso, y ambas se nutren para consolidar esa quietud de lago que alcanzan las relaciones emocionalmente maduras, incluso en la juventud.        

Pero la falta de privacidad puede dañar ese frágil tesoro. Por tanto, es deber de la familia y/o personas a cargo de parejas de mayor edad proteger esa intimidad, que en muchos casos es la mayor fuente de energía para mantenerse alegres, vitales y activas… hasta que la muerte los separe.
 
 
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Intimidad, pasión, compromiso

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La intimidad es uno de los componentes básicos de la pareja humana, cualquiera que sea su modelo de relación, su edad y cultura de origen, y aunque está conectada con el intercambio sexual, no son tales prácticas las que la garantizan



Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedo.
                                                                         José Saramago


 

La intimidad es uno de los componentes básicos de la pareja humana, cualquiera  que sea su modelo de relación, el género de sus integrantes, su edad y cultura de origen, y aunque está conectada con el intercambio sexual (coito, caricias, besos, desnudez), no son tales prácticas las que la garantizan.
 
Suele haber una gran intimidad en parejas distantes que se cuentan todo y tratan de cumplir sus fantasías eróticas por diversos medios, y en otras que han pasado mucho tiempo juntos y ya adivinan sus necesidades, estados de ánimo y reacciones hasta por una mirada o un suspiro.

En cambio, ese conocimiento del alma ajena, esa empatía sublimizada con el roce cotidiano, rara vez se alcanza en relaciones donde el sexo es transaccional, así sea reiterativo con la misma persona.

Se trata entonces de un vínculo emocional con un alto valor subjetivo, que se refleja en nuestra biología e impacta la calidad de vida en otras esferas sociales y materiales. De hecho, hay una hormona, la oxitocina, cuyo nivel revela ese grado de afinidad, confianza, comodidad y placer que nos genera cierta compañía, en los buenos y malos momentos.

Los estudios en ese sentido demuestran que la cercanía de la pareja es uno de los desencadenantes más poderosos de tal hormona, cuya función es dar refuerzo positivo para hacernos más agradables a su vista y a la vez compensar nuestros miedos y malestares físicos, porque el cariño alivia, literalmente, y consuela cuerpo, mente y espíritu.

Un detalle curioso: gracias a la oxitocina las mujeres se identifican de inmediato con sus criaturas, y esa lluvia de intimidad alcanza al padre o la madre acompañante, y despliega el potencial de afecto y unidad de la familia en crecimiento.
A las buenas…y a las malas  

A medida que aumenta la edad, la conducta sexual varía en función de las expectativas individuales, las condiciones de salud, el rendimiento físico y las emociones. Pero nada afecta más la capacidad erótica en la adultez que la ausencia de ese espacio íntimo, intangible, sagrado.

En su libro Amores y desamores en la vejez (Editorial Científico-Técnica, 2013), la sicóloga cubana María Elena Real se refiere a la intimidad como uno de los componentes de la tríada del amor, que completan el compromiso y la pasión, según la teoría desarrollada por el sexólogo Robert Stenrberg a partir de postulados muy antiguos.

Diez sentimientos definen la calidad de una relación íntima significativa: deseo de promover el bienestar de la persona amada, felicidad, gran respeto, capacidad de contar con esa persona, entendimiento mutuo, entrega de tus posesiones y tu tiempo, comunicación, valoración, recepción y entrega de apoyo emocional.

La profesora Real explica que tales sentimientos no se experimentan de forma aislada, sino como una sensación global que crece gradualmente, pero puede perderse si no se equilibra con autonomía.

Intimidad no equivale a fusión o dependencia, porque estos modelos atentan contra su solidez. Tampoco hay una receta única. Al decir de un lector de este espacio con más de 30 años de matrimonio, los cambios paulatinos de la edad y el devenir de la familia imponen nuevas formas de entendimiento que la pareja incorpora con naturalidad.

En la antigua cultura grecolatina llamaban ágape a ese estado de íntima satisfacción, que tiene sus cimientos en la etapa del eros  (esa embriaguez erótica e idealización del otro). Pero si la autoestima se confunde con la complacencia del ego y el sentido de pertenencia con dominio, en lugar de una sana complicidad se desarrolla un apego enfermizo, en el que la violencia encuentra cauces para envenenar el vínculo en nombre del amor.

Sin embargo, no siempre intimidad equivale a armonía. Algunas parejas evolucionan como enemigos íntimos cuya relación es altamente tóxica, pero no se animan a perder esa sinergia, pilar de su existencia durante mucho tiempo.

Las parejas que permanecen felizmente unidas por décadas saben que la pasión dialoga con el compromiso, y ambas se nutren para consolidar esa quietud de lago que alcanzan las relaciones emocionalmente maduras, incluso en la juventud.        

Pero la falta de privacidad puede dañar ese frágil tesoro. Por tanto, es deber de la familia y/o personas a cargo de parejas de mayor edad proteger esa intimidad, que en muchos casos es la mayor fuente de energía para mantenerse alegres, vitales y activas… hasta que la muerte los separe.
 
 
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Atu onda/Desde el sur 13.10.2020| Distancias para el alma (I)

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La mitad de las personas menores de 50 años ya ha tenido al menos una relación amorosa en la distancia. Los tiempos y las causas varían, y también la respuesta emocional y el pronóstico de durabilidad de esas historias afectivas

Retírate dentro de ti mismo, sobre todo cuando necesites compañía.

Epicuro de Samos

 Según varias encuestas activas en internet, la mitad de las personas menores de 50 años ya ha tenido al menos una relación amorosa en la distancia. Los tiempos y las causas varían, y en función de esos factores cambian también la respuesta emocional y el pronóstico de durabilidad de esas historias afectivas.

En general pudieran agruparse en tres variantes: relaciones estables que se alejan voluntariamente por trabajo, salud u otras razones personales; uno de los dos se ve forzado a mantenerse alejado del hogar por largo tiempo (personas en régimen de cárcel o retenidas en otra ciudad por guerras o epidemias), y noviazgos iniciados en las redes digitales que llegan o no a corporizar su vínculo. El elemento común es que a pesar de la distancia ambos deciden alimentar ese lazo emocional, públicamente o para sí mismos.  

Esta es una realidad de milenios en la que voluntad, amor y madurez llevan la voz cantante, pero también surgen dudas, tropiezos y temores, como demuestran leyendas tan antiguas como La Odisea griega y el Ramayana de la India.

Aun cuando la evolución de los soportes comunicativos ha ido facilitando el trance, se necesitan altas dosis de confianza y creatividad para lograrlo. No hay reglas universales, pero les compartimos algunos consejos para cuidar esos idilios, pautas que se multiplican en las redes a partir de experiencias de terapia con predominio en la Sicología Cognitiva Conductual. En la próxima entrega hablaremos del rencuentro físico, que también puede implicar un desafío.

La empatía como eje de la unión

Antes de avanzar, hay preguntas que debes hacerte: ¿De verdad tiene un profundo sentido esta relación para ti y para otros? ¿Qué motivaciones y sentimientos la sostienen? ¿Les apetece el roce físico? ¿Puedes aceptar cualquier cosa que pase como fruto de las circunstancias, no de la falta de aprecio?

En la práctica hablamos de una «nueva» relación que se puede construir, así se conozcan de años, y eso exige nuevas reglas y acuerdos. El eje de la unión es la empatía, los valores que acercan, no los compromisos o roles de la convivencia tradicional.

Lo primero es garantizar una comunicación frecuente… y ordenada. Si te guías por las capacidades tecnológicas estarían todo el tiempo «en vivo», lo cual no es realista porque interfiere en el descanso y en las responsabilidades sociales y familiares de ambos. Además puede saturar, ahogar las individualidades o crear una adicción insostenible.

Sí ayuda mucho el sentido del humor, la transparencia hasta donde sea posible y presentar con fotos o videos a las personas y lugares que conforman tu nueva realidad, para que luego las anécdotas sean más comprensibles.

También es vital la compasión si el ánimo flaquea. Cada quien tiene sus propios ciclos emocionales y un «ataquito» de soledad no es sinónimo de desamor. Tal vez no falta fe en ti, sino en su potencial para disfrutar la vida y crecer aun extrañándote, y viceversa. 

De hecho una temporada de ausencia física suele refrescar la relación, siempre que le den mayor peso al diálogo cariñoso y sobre cosas triviales (como al principio, ¿recuerdan?), y de paso aprovechen y cumplan objetivos pendientes para los que no hallaban tiempo, como cursos, lecturas, ejercicios, mejoras materiales para el hogar, visitas, tratamientos médicos…

El quid es nutrirse de novedades para vivir y contar, de modo que nadie reproche el crecimiento del otro como freno para el suyo, sobre todo en el sentido espiritual, porque esta etapa es propicia para aprender el desapego emocional y el manejo de las frustraciones y los miedos que suelen aflorar.

Es importante no evitar las confrontaciones si las consideras realmente necesarias. Todas las parejas tienen desacuerdos y la distancia no es buena aliada para desentenderse de estos. El caos sobreviene si evitas decir lo que te inquieta y dejas a la imaginación ajena inferir el origen de tu mal humor.

Pero es importante confiar y no ver malas intenciones en el error de tu pareja. Si olvidó una «cita» virtual por estar charlando con amistades, piensa que también pudo pasarle cuando le esperabas en casa y no significa que te olvidó o esté faltándote al respeto. 

En cuanto a la intimidad, es bueno usar prendas que te recuerden a la pareja, mandar fotos, hablar de fantasías y practicar sexting (texto o video, según se sientan cómodos), sin confiar a ciegas en la privacidad del medio digital o del entorno en que se encuentran, donde pueden «participar» otras personas o dispositivos que escapen a tu control.

_______________________ 

(Juventud Rebelde )

Atu onda/Desde el sur 13.10.2020| Distancias para el alma (I)

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La mitad de las personas menores de 50 años ya ha tenido al menos una relación amorosa en la distancia. Los tiempos y las causas varían, y también la respuesta emocional y el pronóstico de durabilidad de esas historias afectivas

Retírate dentro de ti mismo, sobre todo cuando necesites compañía.

Epicuro de Samos

 Según varias encuestas activas en internet, la mitad de las personas menores de 50 años ya ha tenido al menos una relación amorosa en la distancia. Los tiempos y las causas varían, y en función de esos factores cambian también la respuesta emocional y el pronóstico de durabilidad de esas historias afectivas.

En general pudieran agruparse en tres variantes: relaciones estables que se alejan voluntariamente por trabajo, salud u otras razones personales; uno de los dos se ve forzado a mantenerse alejado del hogar por largo tiempo (personas en régimen de cárcel o retenidas en otra ciudad por guerras o epidemias), y noviazgos iniciados en las redes digitales que llegan o no a corporizar su vínculo. El elemento común es que a pesar de la distancia ambos deciden alimentar ese lazo emocional, públicamente o para sí mismos.  

Esta es una realidad de milenios en la que voluntad, amor y madurez llevan la voz cantante, pero también surgen dudas, tropiezos y temores, como demuestran leyendas tan antiguas como La Odisea griega y el Ramayana de la India.

Aun cuando la evolución de los soportes comunicativos ha ido facilitando el trance, se necesitan altas dosis de confianza y creatividad para lograrlo. No hay reglas universales, pero les compartimos algunos consejos para cuidar esos idilios, pautas que se multiplican en las redes a partir de experiencias de terapia con predominio en la Sicología Cognitiva Conductual. En la próxima entrega hablaremos del rencuentro físico, que también puede implicar un desafío.

La empatía como eje de la unión

Antes de avanzar, hay preguntas que debes hacerte: ¿De verdad tiene un profundo sentido esta relación para ti y para otros? ¿Qué motivaciones y sentimientos la sostienen? ¿Les apetece el roce físico? ¿Puedes aceptar cualquier cosa que pase como fruto de las circunstancias, no de la falta de aprecio?

En la práctica hablamos de una «nueva» relación que se puede construir, así se conozcan de años, y eso exige nuevas reglas y acuerdos. El eje de la unión es la empatía, los valores que acercan, no los compromisos o roles de la convivencia tradicional.

Lo primero es garantizar una comunicación frecuente… y ordenada. Si te guías por las capacidades tecnológicas estarían todo el tiempo «en vivo», lo cual no es realista porque interfiere en el descanso y en las responsabilidades sociales y familiares de ambos. Además puede saturar, ahogar las individualidades o crear una adicción insostenible.

Sí ayuda mucho el sentido del humor, la transparencia hasta donde sea posible y presentar con fotos o videos a las personas y lugares que conforman tu nueva realidad, para que luego las anécdotas sean más comprensibles.

También es vital la compasión si el ánimo flaquea. Cada quien tiene sus propios ciclos emocionales y un «ataquito» de soledad no es sinónimo de desamor. Tal vez no falta fe en ti, sino en su potencial para disfrutar la vida y crecer aun extrañándote, y viceversa. 

De hecho una temporada de ausencia física suele refrescar la relación, siempre que le den mayor peso al diálogo cariñoso y sobre cosas triviales (como al principio, ¿recuerdan?), y de paso aprovechen y cumplan objetivos pendientes para los que no hallaban tiempo, como cursos, lecturas, ejercicios, mejoras materiales para el hogar, visitas, tratamientos médicos…

El quid es nutrirse de novedades para vivir y contar, de modo que nadie reproche el crecimiento del otro como freno para el suyo, sobre todo en el sentido espiritual, porque esta etapa es propicia para aprender el desapego emocional y el manejo de las frustraciones y los miedos que suelen aflorar.

Es importante no evitar las confrontaciones si las consideras realmente necesarias. Todas las parejas tienen desacuerdos y la distancia no es buena aliada para desentenderse de estos. El caos sobreviene si evitas decir lo que te inquieta y dejas a la imaginación ajena inferir el origen de tu mal humor.

Pero es importante confiar y no ver malas intenciones en el error de tu pareja. Si olvidó una «cita» virtual por estar charlando con amistades, piensa que también pudo pasarle cuando le esperabas en casa y no significa que te olvidó o esté faltándote al respeto. 

En cuanto a la intimidad, es bueno usar prendas que te recuerden a la pareja, mandar fotos, hablar de fantasías y practicar sexting (texto o video, según se sientan cómodos), sin confiar a ciegas en la privacidad del medio digital o del entorno en que se encuentran, donde pueden «participar» otras personas o dispositivos que escapen a tu control.

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(Juventud Rebelde )

Punto G, en los hombres también

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Observaciones empíricas, y luego estudios más profundos de diversas instituciones, han demostrado que la respuesta «biológica» de los seres humanos a estímulos placenteros no discrimina edad, sexo, nivel ni origen social.

Todos tenemos un mapa común de zonas erógenas —sin contar que toda la piel puede serlo en ciertas circunstancias—, solo que cada quien lo traduce de una forma muy propia, que incluso varía con el tiempo o el compañero sexual.

Esta respuesta está condicionada en gran medida por la cultura imperante en cada época y región concreta, y no funciona igual para personas abiertas a nuevas experiencias que para aquellos grupos sociales más apegados a tabúes, mitos o prejuicios de todo tipo.

Ejemplo de ello es la variedad de reacciones que despiertan en los hombres las caricias en el ano y zonas cercanas, tema que puede resultar engorroso para muchas parejas, a juzgar por el número de jóvenes y adultos de uno y otro sexo que nos escriben pidiendo ayuda «para eliminar ciertas conductas restrictivas en la realización del acto sexual, que dificultan la libertad plena en el momento del coito».

Al buscar referencias en Internet, descubrimos que más de 90 000 sitios de todo el mundo abordan de un modo u otro esta temática, pues es una práctica que despierta mucha curiosidad y pugna por salir del estigmatizado silencio a que ha sido condenada al asociársele al homosexualismo.

Ciertamente, esta es una práctica habitual en ese grupo, pero no es exclusiva de ellos, como no lo es tampoco el besarse, abrazarse o acariciar el resto de sus cuerpos.

No es, por tanto, el disfrute de tal o más cual caricia lo que define la orientación sexual de un individuo, sino sus intereses generales, sobre todo cuando sus fantasías y actos se circunscriben a personas de su mismo sexo.

Muchas parejas heterosexuales practican habitualmente la estimulación de este punto G (o P, como también se le conoce por su relación con la próstata), aun cuando no lo comenten, a veces ni entre ellos mismos.

Y no lo hacen solo porque resulta placentero para ambos, sino porque se ha demostrado que un masaje erótico en la zona del perineo ayuda a enfrentar problemas con la erección y, además, al combinarse con otras técnicas, facilita el control de la eyaculación, ya sea precoz o muy retardada.

Es lógico entonces que para algunos sexólogos resulte este un punto clave a la hora de recomendar una terapia, y que una vez vencidos los escrúpulos culturales, muchos hombres agradezcan la recomendación.

¿POR QUÉ SÍ?

El área justo detrás de la raíz del pene, entre este y el ano, así como la piel que rodea al orificio, son excepcionalmente sensibles al tacto y tienen un rol bien descrito tanto en la erección como en el orgasmo.

Esta es una zona erógena por excelencia debido a su gran cantidad de terminaciones nerviosas, y agradece, como cualquier otro espacio del cuerpo, todo tipo de mimos proporcionados por el ser amado o deseado.

Se conoce que dentro del ano hay dos músculos esfínteres: el externo se puede apretar a voluntad, mientras que el interno reacciona automáticamente, aun si uno trata de relajarse. Durante el orgasmo ambos se contraen al mismo ritmo que los músculos pélvicos, por lo que, se quiera o no, esta parte de nuestros cuerpos participa de la actividad sexual y contribuye al placer, tanto en hombres como en mujeres.

El sitio TERRA MUJER, en su página dedicada a la sexualidad, recomienda que estas caricias sean siempre suaves y abarquen toda la zona, incluidos los testículos, dando una especie de masaje circular, que además de placentero es relajante, pues actúa contra las presiones psicológicas que sienten algunos hombres, sobre todo jóvenes, cuando temen «fallarle» a su compañera.

Una razón importante para acariciar el perineo del hombre es su proximidad a la próstata, órgano casi anónimo durante las primeras décadas de la existencia masculina (mientras no da problemas), pero que en realidad juega un papel importante en la actividad sexual, por las sensaciones tan intensas que produce.

Cuando un hombre está excitado, dicha glándula se hincha y endurece, volviéndose más receptiva. La única forma de llegar directamente a ella es a través del ano, en sus primeros centímetros, pero puede estimularse también a través de la piel externa del perineo, y cuando esta caricia se produce simultáneamente con el coito o el sexo oral, en breves presiones repetidas, es muy agradable para el hombre.

En su proximidad está también el bulbo del pene (productor del líquido eyaculatorio), que recibe también el estímulo de las caricias y contribuye a la sensación de bienestar físico general.

¿POR QUÉ NO?

La capacidad de relacionar de forma consciente el placer sexual con las caricias que lo desencadenan, hace que las personas elaboren sus propias rutinas de actividad erótica, a las que no debe faltar un componente exploratorio, para avanzar y descubrir nuevas fuentes saludables de placer.

No pocos hombres se han preguntado —y también lo han hecho a sexólogos, urólogos, psicólogos y páginas como la nuestra— qué pasaría si dejaran que sus compañeras les acariciaran ese lugar.

Al contrario de esas mujeres que se niegan o temen estas prácticas porque pueden conducir al sexo anal, el cual consideran doloroso o poco higiénico, las preocupaciones de los hombres están más relacionadas con elementos culturales, especialmente con «el qué dirán».

Un lector escribía a nuestra redacción confesando que había perdido dos parejas por su negativa a esta práctica. La primera porque en un «descuido» ella había rozado su ano y él sintió que eso era agradable, así que temió que fuera un síntoma de «debilidad» de su parte y rompió de inmediato la relación.

La segunda se lo propuso abiertamente y él se horrorizó: «Estoy acostumbrado a ser dueño del cuerpo de las mujeres, no quiero que me pongan ningún límite, pero si acepto lo mismo, pierdo el control», opinó a esta redactora.

La doctora Elvia de Dios, psiquiatra que atiende trastornos de la sexualidad masculina en esta capital, comentó a Sexo Sentido que esta reacción es normal: «Nada debe ser impuesto; en esta práctica, como en cualquier otra, no puede desconocerse que somos seres sociales, y por tanto es imprescindible lograr un clima de confianza, de fortaleza espiritual en la relación.

«Para tener éxito hay que lograr receptividad, sentirse “cómodos” mutuamente y no olvidar, desde el punto de vista práctico, la higiene adecuada de la zona y de las manos, y el estado de salud general de ambos.

«Quienes reconocen que ya han experimentado este tipo de caricias comprenden que no perjudica su hombría, más bien les proporciona un mayor disfrute con la propia compañera sexual, pero por lo general les dejan a ellas la iniciativa, no lo piden, para no ser malinterpretados», comentó la doctora.

Tal como en su momento se «descubrió» que el placer femenino existía, y que el punto G y el clítoris podían ser aliados, no insondables misterios a minimizar, existe hoy una «cruzada» para rescatar también al hombre de su prisión cultural en el tema erótico.

Es un despertar que va desde lo biológico, al validar las relaciones sin penetración o dar «permiso» para sentir el propio cuerpo de forma natural, hasta la potenciación de la libre expresión de los sentimientos, el aprender a decir no cuando alguien no les gusta, a defender su derecho a enamorarse de «la fea» o ser románticos.

Es una nueva visión, que más allá del «papel de hombre» que aún se les asigna, como en un teatro prediseñado, les permite «ser» hombres a su propia manera, dueños absolutos de su espiritualidad y de sus cuerpos, con todas sus sensaciones incluidas.

_______________________ 

(Juventud Rebelde)

Punto G, en los hombres también

Redactado desde el Informativo por:
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Observaciones empíricas, y luego estudios más profundos de diversas instituciones, han demostrado que la respuesta «biológica» de los seres humanos a estímulos placenteros no discrimina edad, sexo, nivel ni origen social.

Todos tenemos un mapa común de zonas erógenas —sin contar que toda la piel puede serlo en ciertas circunstancias—, solo que cada quien lo traduce de una forma muy propia, que incluso varía con el tiempo o el compañero sexual.

Esta respuesta está condicionada en gran medida por la cultura imperante en cada época y región concreta, y no funciona igual para personas abiertas a nuevas experiencias que para aquellos grupos sociales más apegados a tabúes, mitos o prejuicios de todo tipo.

Ejemplo de ello es la variedad de reacciones que despiertan en los hombres las caricias en el ano y zonas cercanas, tema que puede resultar engorroso para muchas parejas, a juzgar por el número de jóvenes y adultos de uno y otro sexo que nos escriben pidiendo ayuda «para eliminar ciertas conductas restrictivas en la realización del acto sexual, que dificultan la libertad plena en el momento del coito».

Al buscar referencias en Internet, descubrimos que más de 90 000 sitios de todo el mundo abordan de un modo u otro esta temática, pues es una práctica que despierta mucha curiosidad y pugna por salir del estigmatizado silencio a que ha sido condenada al asociársele al homosexualismo.

Ciertamente, esta es una práctica habitual en ese grupo, pero no es exclusiva de ellos, como no lo es tampoco el besarse, abrazarse o acariciar el resto de sus cuerpos.

No es, por tanto, el disfrute de tal o más cual caricia lo que define la orientación sexual de un individuo, sino sus intereses generales, sobre todo cuando sus fantasías y actos se circunscriben a personas de su mismo sexo.

Muchas parejas heterosexuales practican habitualmente la estimulación de este punto G (o P, como también se le conoce por su relación con la próstata), aun cuando no lo comenten, a veces ni entre ellos mismos.

Y no lo hacen solo porque resulta placentero para ambos, sino porque se ha demostrado que un masaje erótico en la zona del perineo ayuda a enfrentar problemas con la erección y, además, al combinarse con otras técnicas, facilita el control de la eyaculación, ya sea precoz o muy retardada.

Es lógico entonces que para algunos sexólogos resulte este un punto clave a la hora de recomendar una terapia, y que una vez vencidos los escrúpulos culturales, muchos hombres agradezcan la recomendación.

¿POR QUÉ SÍ?

El área justo detrás de la raíz del pene, entre este y el ano, así como la piel que rodea al orificio, son excepcionalmente sensibles al tacto y tienen un rol bien descrito tanto en la erección como en el orgasmo.

Esta es una zona erógena por excelencia debido a su gran cantidad de terminaciones nerviosas, y agradece, como cualquier otro espacio del cuerpo, todo tipo de mimos proporcionados por el ser amado o deseado.

Se conoce que dentro del ano hay dos músculos esfínteres: el externo se puede apretar a voluntad, mientras que el interno reacciona automáticamente, aun si uno trata de relajarse. Durante el orgasmo ambos se contraen al mismo ritmo que los músculos pélvicos, por lo que, se quiera o no, esta parte de nuestros cuerpos participa de la actividad sexual y contribuye al placer, tanto en hombres como en mujeres.

El sitio TERRA MUJER, en su página dedicada a la sexualidad, recomienda que estas caricias sean siempre suaves y abarquen toda la zona, incluidos los testículos, dando una especie de masaje circular, que además de placentero es relajante, pues actúa contra las presiones psicológicas que sienten algunos hombres, sobre todo jóvenes, cuando temen «fallarle» a su compañera.

Una razón importante para acariciar el perineo del hombre es su proximidad a la próstata, órgano casi anónimo durante las primeras décadas de la existencia masculina (mientras no da problemas), pero que en realidad juega un papel importante en la actividad sexual, por las sensaciones tan intensas que produce.

Cuando un hombre está excitado, dicha glándula se hincha y endurece, volviéndose más receptiva. La única forma de llegar directamente a ella es a través del ano, en sus primeros centímetros, pero puede estimularse también a través de la piel externa del perineo, y cuando esta caricia se produce simultáneamente con el coito o el sexo oral, en breves presiones repetidas, es muy agradable para el hombre.

En su proximidad está también el bulbo del pene (productor del líquido eyaculatorio), que recibe también el estímulo de las caricias y contribuye a la sensación de bienestar físico general.

¿POR QUÉ NO?

La capacidad de relacionar de forma consciente el placer sexual con las caricias que lo desencadenan, hace que las personas elaboren sus propias rutinas de actividad erótica, a las que no debe faltar un componente exploratorio, para avanzar y descubrir nuevas fuentes saludables de placer.

No pocos hombres se han preguntado —y también lo han hecho a sexólogos, urólogos, psicólogos y páginas como la nuestra— qué pasaría si dejaran que sus compañeras les acariciaran ese lugar.

Al contrario de esas mujeres que se niegan o temen estas prácticas porque pueden conducir al sexo anal, el cual consideran doloroso o poco higiénico, las preocupaciones de los hombres están más relacionadas con elementos culturales, especialmente con «el qué dirán».

Un lector escribía a nuestra redacción confesando que había perdido dos parejas por su negativa a esta práctica. La primera porque en un «descuido» ella había rozado su ano y él sintió que eso era agradable, así que temió que fuera un síntoma de «debilidad» de su parte y rompió de inmediato la relación.

La segunda se lo propuso abiertamente y él se horrorizó: «Estoy acostumbrado a ser dueño del cuerpo de las mujeres, no quiero que me pongan ningún límite, pero si acepto lo mismo, pierdo el control», opinó a esta redactora.

La doctora Elvia de Dios, psiquiatra que atiende trastornos de la sexualidad masculina en esta capital, comentó a Sexo Sentido que esta reacción es normal: «Nada debe ser impuesto; en esta práctica, como en cualquier otra, no puede desconocerse que somos seres sociales, y por tanto es imprescindible lograr un clima de confianza, de fortaleza espiritual en la relación.

«Para tener éxito hay que lograr receptividad, sentirse “cómodos” mutuamente y no olvidar, desde el punto de vista práctico, la higiene adecuada de la zona y de las manos, y el estado de salud general de ambos.

«Quienes reconocen que ya han experimentado este tipo de caricias comprenden que no perjudica su hombría, más bien les proporciona un mayor disfrute con la propia compañera sexual, pero por lo general les dejan a ellas la iniciativa, no lo piden, para no ser malinterpretados», comentó la doctora.

Tal como en su momento se «descubrió» que el placer femenino existía, y que el punto G y el clítoris podían ser aliados, no insondables misterios a minimizar, existe hoy una «cruzada» para rescatar también al hombre de su prisión cultural en el tema erótico.

Es un despertar que va desde lo biológico, al validar las relaciones sin penetración o dar «permiso» para sentir el propio cuerpo de forma natural, hasta la potenciación de la libre expresión de los sentimientos, el aprender a decir no cuando alguien no les gusta, a defender su derecho a enamorarse de «la fea» o ser románticos.

Es una nueva visión, que más allá del «papel de hombre» que aún se les asigna, como en un teatro prediseñado, les permite «ser» hombres a su propia manera, dueños absolutos de su espiritualidad y de sus cuerpos, con todas sus sensaciones incluidas.

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(Juventud Rebelde)

Orquídeas

Redactado desde el Informativo por:
 Nuestra sexualidad, no importa cuál, solo puede ser juzgada en su belleza, por nuestra propia manera de asumirla respetando al otro
Foto: Robert Mapplethorpe
 
 

Para todo el escándalo que provocaron, en vida y en muerte, las fotografías de Robert Mapplethorpe, su colección de fotos de orquídeas y lirios pasarían, en una primera lectura, como obras casi virginales. No lo son.

Mapplethorpe fue un fotógrafo de Nueva York que murió en 1989 de sida. Para el momento de su muerte, su obra fotográfica era famosa, en particular los retratos en blanco y negro que hiciera, a lo largo de su carrera, de personajes famosos, incluyendo unas cuantas celebridades de Hollywood.

Robert era homosexual, condición que, lejos de ocultar, incorporó a su obra, para estrépito, censura y provocada notoriedad. Pero decirlo de ese modo no le hace justicia al lugar que el fotógrafo dio a la sexualidad en su vida. Explorando lo que él consideraba los límites individuales del placer erótico, Robert no solo exponía su sexualidad a pleno pulmón, sino que revindicaba el dominio que sobre él debía ejercer cada persona a la medida de su propia plenitud.

En una entrevista a Vanity Fair, cuando ya estaba avanzado el sida, resumió el sentido de sus fotos más sexualmente explícitas, diciendo que obligar a las personas a hacer cosas que no desean no es erótico. La consensualidad implicaba también el atrevimiento de buscar más allá de lo convencional, mientras se tratara de «personas buscando un orgasmo simultáneo».

La obra de Mapplerthorpe es un grito continuo de búsqueda infructuosa del yo, en la imagen que lograba capturar de los otros. En ese sentido, a través de algunas de sus fotos, el espectador trastoca su condición de observador a la de observado. Lo que sí ocurre en todas es que resulta casi imposible no reaccionar frente a ellas. En muchos casos, incomoda la comodidad de nuestro subconsciente, que acepta bello lo que el consciente adoctrinado se empeña en rechazar. Un colega fotógrafo, de manera anónima, le confesó a un cronista que la obra erótica de Robert no hubiera sido aceptable si se hubiera tratado de relaciones heterosexuales. Probablemente tiene razón, tal es el prejuicio.

La colección El momento perfecto, donde se exhibían fotos explícitas de alto contenido sexual (de todo tipo), fue censurada por pornográfica por la Corcoran Gallery of Art, de Washington. La controversia alcanzó tal prominencia, que incluso miembros del Congreso de ee. uu. se pronunciaron sobre el destino que se le daba a los fondos públicos para promover el arte. En 1990, el Contemporary Arts Center, de Cincinnati, fue llevado a juicio por la exhibición de la colección, tildada de obscena. La galería resultó absuelta, junto a su director Dennis Barrie. Esta fue la primera vez que una galería de arte fue demandada por los contenidos de una exhibición.

En 1998, un libro que exhibía las fotos de Mapplethorpe fue confiscado por la policía en Inglaterra. Un estudiante de la University of Central England, que escribía una tesis, llevó el texto para que le hicieran copias de algunas fotografías a una tienda local, y el dependiente, alarmado por las fotos que vio, llamó a la policía, y esta no creyó en artes. A la universidad se le exigió, como condición para la devolución del libro, que determinadas páginas de este fueran ocultadas. Después de seis meses de idas y venidas, el libro fue finalmente devuelto sin censura alguna.

La conocida escritora, música y dramaturga Patti Smith fue pareja de Mapplethorpe, a quien conoció en una librería a mediados de los años 60. La relación fue tan profunda como tórrida pues, para esa época, Robert lidiaba aún con su identidad sexual. A pesar de su separación como pareja, permanecieron amigos toda la vida, y ella lo calificó como una de las personas más importantes de su vida.

En 1969, Patty y Robert se mudaron para el hotel Chelsea, aledaño al cual estaba el restaurante El Quijote. Como describe Craig Brown, al entrar Patti en el restaurante, «la escena era absurdamente característica de la era, dispersos en proporciones iguales músicos y botellas de tequila. Jimi Hendrix se encuentra allí con un sombrero grande, encimado sobre una mesa al final; a su derecha, Grace Slick y el resto de Jefferson Airplane, sentados alrededor de otra mesa; a su izquierda, Janis Joplins conspira con sus músicos».

Fue Bobby Neuwirth, amigo de Bob Dylan, quien introdujo a Patti a Janis. Le dijo a la cantante: «Esta es la poeta Patti Smith». Desde ese momento y hasta la muerte de Joplins, esta llamó a su amiga, la poeta.

De Porgy and Bess es la famosa aria Summertime, cuya letra es de DuBose Heyward y la música de George Gershwin, versionada fuera de la ópera de origen, e interpretada por los más diversos artistas a lo largo de los años, hasta el punto en que se considera que existen más de 25 000 grabaciones de la canción, comenzando por su primer éxito comercial en 1936, en la voz de Billie Holiday.

Ella Fitzgerald y Louis Amstrong tienen su versión de Summertime, con una introducción de trompeta memorable, seguida por la irrupción de la voz de Ella alternando con la de Louis: Can it get any better? Quizás no, pero en 1976 Ray Charles la versionó con Cleo Layne a una altura trascendente, y Miles Davis (¡ah!, Miles) hizo de las suyas en una versión instrumental que fue fiel a su condición de Midas: todo lo que tocaba lo convertía en jazz.

En otra vena, Peter Gabriel, con una subyugante introducción de armónica por Larry Adler, nos entregó un Summertime con voz gutural para rompernos como un lápiz, y Sting, en 1991, hizo lo suyo con la orquesta Holandesa del siglo XXI.

Pero, a pesar de toda la excelencia de esas interpretaciones, me quedo, si de escoger se trata, con la incomparable Janis Joplin, la voz de varias generaciones que llegaron con el flower boy y la oposición a la guerra de Vietnam, junto al rompimiento de las normas sexuales de la década de los 60.

Qué bella eres Janis. / Cantabas como si fueran confesiones. / No importa si las canciones eran de otros, / las hacías testimonio de tus pecados.

Janis Joplin nació en Texas, en 1943, y en la escuela sufría el abuso de otros estudiantes por rara. Era obesa y con un acné muy fuerte, le gritaban cosas horribles, incluyendo ofensas raciales por congeniar con personas negras. Sus refugios fueron la lectura, pintar y la música. Estando en la Universidad de Texas, el periódico del campus se refirió a ella como una mujer valiente, sin temor a distinguirse de los demás por la manera en que vestía, contraria a las convenciones de la época, su afición por la música y su costumbre de andar descalza.

Nadie manejó la capacidad discursiva del grito como ella lo hizo, / nadie gestionó el lenguaje corporal como ella lo hizo. / Lo suyo era el método llevado a la canción. La James Dean / de ese mundo que asumió hasta que la reventó / como a él:  al volante de carros diferentes. / Todo eso y más ocurrió antes que los cuervos descendieran / y volvieran todo el paisaje en una feria de juegos artificiales.

En una ocasión, Janis lloraba desconsoladamente, porque un ligue de la noche se había marchado con otra mujer. Vestida de magenta y rosado, con una especie de bufanda de plumas púrpuras, deprimida por su fracaso, le dice a Patty: «Esto siempre me sucede, socia. Otra noche solitaria». Patti acompaña a Janis a su habitación y la escucha una y otra vez narrar lo infeliz que era. A modo de consuelo, Patti le confiesa que le ha escrito una canción y se la canta para animarla. En una explosión de alegría depresiva, Janis salta encantada del tema: «Esa es mi canción», le grita, mientras se arregla su bufanda frente al espejo. Dos meses después moría de una sobredosis de droga.

No me consta que Robert Mapplethorpe haya fotografiado directamente a Janis Joplins, pero se me antoja verla en las orquídeas magentas, rosadas y púrpuras que adivino detrás de sus fotos, aun en las de tonos de grises. Las orquídeas del fotógrafo trascienden la inocencia para volverse lo que quizá sea su ruptura más agresiva.

Lejos del chocante mensaje directo contra la convencionalidad pacata, esas fotos donde las flores terminan siendo erotismo puro, expresan una aprehensión trascendente, y de determinado modo fulminante, de algo hermosamente inasible. Nos gritan que nuestra sexualidad, no importa cuál, solo puede ser juzgada en su belleza, por nuestra propia manera de asumirla respetando al otro.

 

(GRANMA)

 

Orquídeas

Redactado desde el Informativo por:
 Nuestra sexualidad, no importa cuál, solo puede ser juzgada en su belleza, por nuestra propia manera de asumirla respetando al otro
Foto: Robert Mapplethorpe
 
 

Para todo el escándalo que provocaron, en vida y en muerte, las fotografías de Robert Mapplethorpe, su colección de fotos de orquídeas y lirios pasarían, en una primera lectura, como obras casi virginales. No lo son.

Mapplethorpe fue un fotógrafo de Nueva York que murió en 1989 de sida. Para el momento de su muerte, su obra fotográfica era famosa, en particular los retratos en blanco y negro que hiciera, a lo largo de su carrera, de personajes famosos, incluyendo unas cuantas celebridades de Hollywood.

Robert era homosexual, condición que, lejos de ocultar, incorporó a su obra, para estrépito, censura y provocada notoriedad. Pero decirlo de ese modo no le hace justicia al lugar que el fotógrafo dio a la sexualidad en su vida. Explorando lo que él consideraba los límites individuales del placer erótico, Robert no solo exponía su sexualidad a pleno pulmón, sino que revindicaba el dominio que sobre él debía ejercer cada persona a la medida de su propia plenitud.

En una entrevista a Vanity Fair, cuando ya estaba avanzado el sida, resumió el sentido de sus fotos más sexualmente explícitas, diciendo que obligar a las personas a hacer cosas que no desean no es erótico. La consensualidad implicaba también el atrevimiento de buscar más allá de lo convencional, mientras se tratara de «personas buscando un orgasmo simultáneo».

La obra de Mapplerthorpe es un grito continuo de búsqueda infructuosa del yo, en la imagen que lograba capturar de los otros. En ese sentido, a través de algunas de sus fotos, el espectador trastoca su condición de observador a la de observado. Lo que sí ocurre en todas es que resulta casi imposible no reaccionar frente a ellas. En muchos casos, incomoda la comodidad de nuestro subconsciente, que acepta bello lo que el consciente adoctrinado se empeña en rechazar. Un colega fotógrafo, de manera anónima, le confesó a un cronista que la obra erótica de Robert no hubiera sido aceptable si se hubiera tratado de relaciones heterosexuales. Probablemente tiene razón, tal es el prejuicio.

La colección El momento perfecto, donde se exhibían fotos explícitas de alto contenido sexual (de todo tipo), fue censurada por pornográfica por la Corcoran Gallery of Art, de Washington. La controversia alcanzó tal prominencia, que incluso miembros del Congreso de ee. uu. se pronunciaron sobre el destino que se le daba a los fondos públicos para promover el arte. En 1990, el Contemporary Arts Center, de Cincinnati, fue llevado a juicio por la exhibición de la colección, tildada de obscena. La galería resultó absuelta, junto a su director Dennis Barrie. Esta fue la primera vez que una galería de arte fue demandada por los contenidos de una exhibición.

En 1998, un libro que exhibía las fotos de Mapplethorpe fue confiscado por la policía en Inglaterra. Un estudiante de la University of Central England, que escribía una tesis, llevó el texto para que le hicieran copias de algunas fotografías a una tienda local, y el dependiente, alarmado por las fotos que vio, llamó a la policía, y esta no creyó en artes. A la universidad se le exigió, como condición para la devolución del libro, que determinadas páginas de este fueran ocultadas. Después de seis meses de idas y venidas, el libro fue finalmente devuelto sin censura alguna.

La conocida escritora, música y dramaturga Patti Smith fue pareja de Mapplethorpe, a quien conoció en una librería a mediados de los años 60. La relación fue tan profunda como tórrida pues, para esa época, Robert lidiaba aún con su identidad sexual. A pesar de su separación como pareja, permanecieron amigos toda la vida, y ella lo calificó como una de las personas más importantes de su vida.

En 1969, Patty y Robert se mudaron para el hotel Chelsea, aledaño al cual estaba el restaurante El Quijote. Como describe Craig Brown, al entrar Patti en el restaurante, «la escena era absurdamente característica de la era, dispersos en proporciones iguales músicos y botellas de tequila. Jimi Hendrix se encuentra allí con un sombrero grande, encimado sobre una mesa al final; a su derecha, Grace Slick y el resto de Jefferson Airplane, sentados alrededor de otra mesa; a su izquierda, Janis Joplins conspira con sus músicos».

Fue Bobby Neuwirth, amigo de Bob Dylan, quien introdujo a Patti a Janis. Le dijo a la cantante: «Esta es la poeta Patti Smith». Desde ese momento y hasta la muerte de Joplins, esta llamó a su amiga, la poeta.

De Porgy and Bess es la famosa aria Summertime, cuya letra es de DuBose Heyward y la música de George Gershwin, versionada fuera de la ópera de origen, e interpretada por los más diversos artistas a lo largo de los años, hasta el punto en que se considera que existen más de 25 000 grabaciones de la canción, comenzando por su primer éxito comercial en 1936, en la voz de Billie Holiday.

Ella Fitzgerald y Louis Amstrong tienen su versión de Summertime, con una introducción de trompeta memorable, seguida por la irrupción de la voz de Ella alternando con la de Louis: Can it get any better? Quizás no, pero en 1976 Ray Charles la versionó con Cleo Layne a una altura trascendente, y Miles Davis (¡ah!, Miles) hizo de las suyas en una versión instrumental que fue fiel a su condición de Midas: todo lo que tocaba lo convertía en jazz.

En otra vena, Peter Gabriel, con una subyugante introducción de armónica por Larry Adler, nos entregó un Summertime con voz gutural para rompernos como un lápiz, y Sting, en 1991, hizo lo suyo con la orquesta Holandesa del siglo XXI.

Pero, a pesar de toda la excelencia de esas interpretaciones, me quedo, si de escoger se trata, con la incomparable Janis Joplin, la voz de varias generaciones que llegaron con el flower boy y la oposición a la guerra de Vietnam, junto al rompimiento de las normas sexuales de la década de los 60.

Qué bella eres Janis. / Cantabas como si fueran confesiones. / No importa si las canciones eran de otros, / las hacías testimonio de tus pecados.

Janis Joplin nació en Texas, en 1943, y en la escuela sufría el abuso de otros estudiantes por rara. Era obesa y con un acné muy fuerte, le gritaban cosas horribles, incluyendo ofensas raciales por congeniar con personas negras. Sus refugios fueron la lectura, pintar y la música. Estando en la Universidad de Texas, el periódico del campus se refirió a ella como una mujer valiente, sin temor a distinguirse de los demás por la manera en que vestía, contraria a las convenciones de la época, su afición por la música y su costumbre de andar descalza.

Nadie manejó la capacidad discursiva del grito como ella lo hizo, / nadie gestionó el lenguaje corporal como ella lo hizo. / Lo suyo era el método llevado a la canción. La James Dean / de ese mundo que asumió hasta que la reventó / como a él:  al volante de carros diferentes. / Todo eso y más ocurrió antes que los cuervos descendieran / y volvieran todo el paisaje en una feria de juegos artificiales.

En una ocasión, Janis lloraba desconsoladamente, porque un ligue de la noche se había marchado con otra mujer. Vestida de magenta y rosado, con una especie de bufanda de plumas púrpuras, deprimida por su fracaso, le dice a Patty: «Esto siempre me sucede, socia. Otra noche solitaria». Patti acompaña a Janis a su habitación y la escucha una y otra vez narrar lo infeliz que era. A modo de consuelo, Patti le confiesa que le ha escrito una canción y se la canta para animarla. En una explosión de alegría depresiva, Janis salta encantada del tema: «Esa es mi canción», le grita, mientras se arregla su bufanda frente al espejo. Dos meses después moría de una sobredosis de droga.

No me consta que Robert Mapplethorpe haya fotografiado directamente a Janis Joplins, pero se me antoja verla en las orquídeas magentas, rosadas y púrpuras que adivino detrás de sus fotos, aun en las de tonos de grises. Las orquídeas del fotógrafo trascienden la inocencia para volverse lo que quizá sea su ruptura más agresiva.

Lejos del chocante mensaje directo contra la convencionalidad pacata, esas fotos donde las flores terminan siendo erotismo puro, expresan una aprehensión trascendente, y de determinado modo fulminante, de algo hermosamente inasible. Nos gritan que nuestra sexualidad, no importa cuál, solo puede ser juzgada en su belleza, por nuestra propia manera de asumirla respetando al otro.

 

(GRANMA)

 

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