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Higiene y responsabilidad en primer plano

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Un hábito es una acción del individuo que, de forma voluntaria o involuntaria, llega a transformarse en un ejercicio automático o inconsciente, reflejo o no de ciertas situaciones.

Los buenos hábitos comienzan desde la cuna y se refieren a las necesidades primarias, como la alimentación, el aseo, la evacuación y el sueño. La formación de estos hábitos en la niñez temprana se logra mediante una adecuada organización de la conducta.

 

 

 

A medidas que estas rutinas se van interiorizando, se hacen más complejas y deberán satisfacer necesidades biológicas, psicológicas y sociales que garantizan el bienestar individual del niño y también sus relaciones con el medio. De hecho, se precisa la intervención de la familia para entronizarlos de manera paulatina y ascendente.

Para lograr la formación de buenos hábitos, lo primero es hacerle comprender al niño las reglas de higiene personal. Un conjunto de medidas sencillas que van desde el baño, lavado de los dientes, limpieza de las uñas y el pelo, así como de la ropa que viste. Y para que la higiene sea efectiva, todos los miembros de la familia deben practicarla.

Por supuesto, se precisa el papel del adulto en la adquisición que hacen los infantes de las costumbres favorables y efectivas: de las rutinas de vida, particularmente las del aseo personal A medida que esos hábitos se vayan interiorizando, se irán haciendo más complejos y deberán satisfacer necesidades biológicas, psicológicas  y sociales.

Los infantes no disponen de tantas defensas físicas como los adultos, y con ellos han de extremarse los cuidados Nunca se repetirá bastante lo importante que es hacer comprender al niño las reglas básicas del aseo. Con ello no queremos decir que hay que colocarlo debajo de una campana de cristal, los extremos son malos, pero sí que sepa desde tempranamente que la toalla, el cepillo,  la cuchara, el vaso y el  peine son objetos de uso personal.

Pero los hábitos no se adquieren por espontaneidad. Resulta  indispensable que los padres y demás familiares organicen su vida, de modo que le establezcan horarios y que ofrezcan ejemplos positivos, pues si ve a su alrededor alguna persona despreocupada por su apariencia personal y en la casa no hay orden ni limpieza, no es lógico pedirle a la niña o el niño que se muestre pulcro.

 Si estas reglas no se cumplen cabalmente, los gérmenes nocivos penetran en la piel y proliferan con facilidad en el organismo, como ocurre ahora con el virus del SARS.CoV-2, obligándonos a un combate sin tregua en la que la responsabilidad y las medidas higiénicas sanitarias, con protagonismo para las manos, pasan a un primer plano.

No se puede menospreciar ninguna medida, pero las manos son una importante fuente de contagio a la COVID-19 o cualquier otra enfermedad si nos tocamos  con ellas los ojos, la boca o la nariz o las pasamos por cualquier superficie, puertas, pasamanos, teléfonos, etc., Lavárselas constantemente es una práctica sana y conveniente siempre, máxime en estos tiempos de pandemia.

Por otra parte, las normas de higiene para la infancia son las mismas indicadas para la población adulta, aplicadas,  acorde con la edad y el desarrollo funcional del niño. La regularidad de todos estos hábitos pautará la vida infantil, pues una vez establecidos no se olvidan. Para lograr la salud hay que aceptar que ésta es responsabilidad de cada quien y hay que preocuparse por ella desde la niñez.

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(http://www.mujeres.co.cu/art.php?MTQ4NDI= )

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