El enigma de los cocodrilos.
Nunca antes
había tenido el privilegio de visitar Ciénaga de Zapata. Por eso, cuando me
propusieron la oportunidad de trabajar en este paradisíaco y, a la vez,
enigmático paraje, lo primero que me vino a la mente fueron sus cocodrilos. Y
no podía ser de otra manera. Decir Ciénaga de Zapata es exactamente lo mismo
que decir cocodrilos, y viceversa. Tal es el grado de comunión entre uno y
otros. Son un símbolo, un sello de identidad y de orgullo no solo del terruño
cenaguero, sino también de la provincia de Matanzas. No en balde su silueta
aparece en el escudo y la bandera de este municipio; y el logotipo que
identifica y nombra al equipo provincial de pelota es, justamente, el de ¨Cocodrilos¨,
cuya mascota lo acompaña fielmente en todas sus competencias, sean triunfos o
reveces.
Todavía no
había aceptado la oferta de empleo y ya me veía recorriendo las comunidades más
intrincadas, donde supuestamente encontraría –y no siento vergüenza alguna de
confesarlo– mansas manadas de esos saurios tomando el sol plácidamente en las
carreteras, terraplenes y caminos, mientras los conductores de vehículos debían
esperar pacientemente por su retirada para no atropellarlos. Como mismo suponía
que, para llegar a Cayo Ramona, tendría que navegar en un bote u otro tipo de
embarcación; pues, al fin y al cabo, se trataba de un ¨cayo¨. Pero… ¡cuál no
sería mi sorpresa, con decepción incluida, cuando supe que, en realidad, era un
cayo ubicado tierra adentro y no precisamente
mar afueraǃ Nada, novatadas que siempre pagamos los recién llegados a cualquier
sitio.
Imaginaba,
entonces, escenas similares a lo que, según cuentan, ocurre con las vacas en la
República de la India, donde ese rumiante, venerado como un animal sagrado,
deambula libremente por las calles y avenidas de sus ciudades sin que nadie las
dañe. Así debería ser también en Ciénaga de Zapata con nuestro cocodrilo cubano,
especie única y endémica de este paraíso terrenal y, en menor medida, de la
Ciénaga de Lanier, en Isla de la Juventud.
Recordemos
que se trata de una reliquia viviente, cuyos antepasados pertenecieron a un
grupo de reptiles que habitaron el planeta, según expertos en la materia, hace
más de 70 millones de años, siendo contemporáneos con los dinosaurios. Pero,
sobre todo, jamás olvidemos que esta genuina joya del reino animal sobrevive a
duras penas bajo permanente amenaza de extinción. Aun cuando en el mercado
internacional lo más codiciado y mejor cotizado del cocodrilo son sus pieles, acá
la caza furtiva e indiscriminada de esa especie está estrechamente vinculada
con la comercialización clandestina de sus exquisitas carnes.
Sin embargo,
paradójicamente, cuando alguien llega por primera vez a la cabecera municipal
de este territorio, quien le da la bienvenida no es precisamente un cocodrilo,
sino la escultura de un escuálido cangrejo enaltecido sobre un desproporcionado
pedestal en la zona céntrica de Playa Larga. Ciertamente, ese crustáceo es muy
popular y apetecido entre la población local y foránea por su sabrosa carne,
pero –como creo tener derecho a opinar, pues me considero un cenaguero más–
mantengo la firma convicción de que, en su lugar, debería aparecer la emblemática
figura del verdadero rey del pantano.
Pero la realidad es que, al arribar a la Ciénaga, en lugar de los temidos reptiles solo encontré a indefensos cangrejos frecuentando los más disímiles sitios e invadiendo numerosos tramos de la principal vía de acceso a Pálpite, Playa Larga y Playa Girón, disputándose el reconocido protagonismo de los cocodrilos. La gran diferencia con estos radica en que los cangrejos se reproducen profusamente, aunque también corren el riesgo de extinguirse por su alta demanda para el consumo doméstico y la venta informal. Por eso, pienso que la captura despiadada de ese torpe animalito también debería ser regulada por las autoridades correspondientes, aunque sea mediante vedas. Ambas especies necesitan y merecen ser protegidas por el hombre.
Después de
cuatro años, aún no he podido experimentar el grato placer de contemplar en
todo su esplendor a un auténtico cocodrilo cubano, a no ser un joven ejemplar,
muy parecido a un enorme lagarto, que fue capturado y exhibido por un poblador
de Cayo Ramona durante el ¨llenante¨ provocado por la tormenta subtropical Alberto.
Días después escuché por la radio que otro de esos animales había sido
rescatado y devuelto al criadero de Boca-Guamá por un morador del poblado de
Australia, quien fue entrevistado y reconocido públicamente por tan sublime
gesto de civismo y amor por la naturaleza. Es una verdadera lástima que nuestro
coterráneo de Cayo Ramona no haya hecho exactamente lo mismo.
Evidentemente, la preocupación por la posible extinción del cocodrilo en la Ciénaga de Zapata no es nada nuevo. Ya, del mismo triunfo de la Revolución en el año 1959, el propio Fidel Castro se interesó por esa situación cuando, en una de sus tantas visitas al humedal, se encontró con un cazador de cocodrilos llamado Francisco Alzugaray, más conocido por Kico, a quien le dijo: ¨Sería una buena idea que el futuro Centro Turístico de la Laguna del Tesoro poseyera un criadero de cocodrilo. ¿Usted cree, Kico, que pudiera ayudarnos en capturar algunos cocodrilos para comenzar el criadero?¨ Y a continuación agregó: ¨Es cierto que los cocodrilos se han ido acabando en la ciénaga, pero no es menos cierto que construyendo un criadero pudiéramos salvar esa especie cubana, sacarle provecho turístico y también utilizar la piel¨. Kico se entusiasmó con la idea y desde aquel día comenzó a buscar cocodrilos por toda la ciénaga para el criadero.
Por suerte, gracias a la siempre visionaria iniciativa del eterno líder histórico de nuestra Revolución, en la actualidad el territorio cuenta con un criadero de cocodrilos en La Boca, a la entrada misma del canal que conduce a la Laguna del Tesoro, dedicado a la protección, conservación y reproducción en cautiverio de esa vulnerable especie, donde viven cerca de 4 mil cocodrilos. Allí podré hacer realidad, tal vez algún día, mi postergado sueño de ver a los legítimos cocodrilos cenagueros; aunque no estén tomando el sol en plena vía, ni los conductores de autos tengan que esperar por su retirada para no atropellarlos.


























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