Si una historia me alimenta en estos tiempos tan difíciles, es la de una
mujer cenaguera de la cual me siento plenamente orgullosa. Fácil sería
contar que es alegre, jovial, conversadora y buena vecina; diferente
sería calar en su verdadera trayectoria de Mariana reencarnada y
revolucionaria.
Nilda Gerardo Fernández, costurera de profesión, no
hace nada más en su máquina desde hace un mes que no sean nasobucos
para todas las personas que lo necesiten. Gratis prefiero aclarar. Solo
exige un pedazo de tela y el hilo que la acompaña, pues carece de
recursos, pero no de voluntad. Ella, humilde desde la cuna, tuvo la
fortuna de pertenecer al grupo de jóvenes a quienes Celia Sánchez les
facilitó estudiar en La Habana Corte y costura para desarrollar su arte
entre el pedal y la rueda que sostiene una correa.
Se graduó con
méritos en el año 1961 con la orden Ana Betancourt. La máquina que hoy
utiliza para coser a pesar de los años y los arreglos caseros, fue la
misma que le obsequiaron en aquella fecha al terminar la carrera.
Alrededor de las 9 de la mañana, en aquella casa donde permanece sin su
compañero de vida que dejó de estar a su lado hace 3 años, solo se
escucha el sonido de sus pies sobre el pedal para cumplir con su misión.
Su tarea para enfrentar la Covid-19 es garantizar a sus vecinos y los
que no lo son, un protector como garantía para evitar la pandemia. Nilda
como todos la llaman ha fabricado más de 300 nasobucos de todos los
tamaños y colores, muchos de ellos para el sistema de Educación en la
Ciénaga de Zapata, a Salud Pública y para las organizaciones políticas y
de masas. Mujeres como ella, federada hasta el cansancio y fidelista
hasta la muerte, no dejan de apoyar a la Revolución que les devolvió la
esperanza.
Vivo orgullosa de mi abuela, esa mujer fuerte que me
enseñó desde pequeña a entregarme sin recibir nada a cambio, a ser fiel y
ayudar al que lo necesite, a ser humilde y no perder los valores
humanos que nos definen en la vida. Mami, como cariñosamente le llamo,
tiene 76 años de edad y es asmática crónica. Por eso no debe caminar por
las calles de Pálpite como tanto acostumbra, pero desde su hogar ella
también combate al nuevo coronavirus.
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