, Año 64 de la Revolución______________________________

PARA LA HORA

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Virtud de sabios

 

Muchas  madres en lo particular, se quejan de la poca o ninguna paciencia que tienen para lidiar con sus hijas o hijos. Frases como “No puedo con ellos”, “Me agotan la paciencia”, “Mi paciencia es limitada”, “A mí no me van a estresar “ y muchas otras de idéntico estilo, se pronuncian indistintamente para dar fe de la poca o total carencia de eso que muchos y muchas han llamado “la virtud de los sabios”

Otras, supuestamente más ecuánimes o que dicen estar “operadas de los nervios”, dejan que los niños, niñas y adolescentes hagan lo que quieran, sin que se inmuten, pues según repiten, no están para alterarse ni volverse locas. Las hay también que amenazan constantemente con frases lapidarias como esta; “Prepárense, dejen que su padre llegue” De hecho, convierten la figura paterna en el ogro, el coco o el malo de la película.

 Definida como la capacidad de tolerar, de sobrellevar algo o a otra persona, la paciencia es vista también como una balanza que, a menudo, se inclina más hacia la alteración y el arrebato que al aguante y la serenidad. La primera acepción tiene la validez de respetar y tomar en serio las necesidades y los deseos de los demás, en este caso, nuestros hijos y hasta de llegar a acuerdos con ellos, la segunda transita por la intransigencia y la obcecación.

Se requiere de mucha calma para hacer frente a la crianza infantil!  Imperturbabilidad todos los días para llevar adelante la formación de hijas e hijos, teniendo en cuenta que estos pequeños seres no son máquinas ni robots y necesitan del juego, el retozo y las correrías para mantenerse activos, acorde a sus edades. Paciencia, asimismo,  para aprender a dominar las emociones y erradicar los gritos y la tendencia al maltrato que tanto daña la formación infantil y altera la paz familiar,

Claro, no todos los niños dan el mismo trabajo ni se comportan igual. Pero lo que para los adultos es tiempo, orden, mandatos, para los niños es  juego, brincos y travesuras y eso no encaja ni en el tiempo ni en los planes de mamá, papá o el adulto que los cuide. La paciencia, ese don que es casi una filosofía de vida es una importante característica personal que tiene que tener todo aquel que se dedique a educarlos.

Sin querer, muchas veces cometemos errores que atentan contra la necesaria tranquilidad familiar. No hay que olvidar que el niño o niña exige afecto y cuidados, comprensión y buenos ejemplos diarios; firmeza y, sobre todo, aplomo, imperturbabilidad. Y los padres tienen que ser capaces de trasmitírselos.

Tenemos que ser  conscientes de que nuestros hijos necesitan y merecen padres y madres pacientes, que sustenten, respeten y conduzcan.  Hay que dialogar y razonar con el niño o niña las decisiones, y explicarle cuándo y por qué debemos esperar determinados comportamientos de ellos y ellas en   equis situaciones. Por ejemplo, en el médico. Si la espera es mucha, llevarle algún juguete o lápices de colores que le sirvan para entretenerse. Igual cuando se trata de alguna visita o de efectuar ciertas compras. Aprender a dominar las emociones y erradicar los gritos y la tendencia al maltrato físico o de palabra, que tanto daña la formación infantil, es una prioridad para los padres impacientes.

La paciencia no es solo una maravillosa virtud; es el ingrediente principal del éxito en nuestros empeños. Para cultivarla es preciso asomarnos a nosotros mismos, abordar nuestras carencias, madurar, crecer personalmente y, sobre todo, ponernos en el lugar del otro, máxime si se trata de nuestra descendencia.

Y si se nos acaba la paciencia, como a menudo sucede, darnos un respiro, pedir ayuda y hasta reconocer delante de ellos que estamos al tope de nuestro aguante. Eso ayuda a relajar la tensión del momento, En la medida en que los respetemos más seremos más felices y mejores personas.

No es ocioso recordar que no se le  puede exigir lo mismo a un pequeño de corta edad que a uno mayorcito o un adolescente, pero es imprescindible sentar las bases esenciales de su formación. Y la paciencia, esa virtud cardinal de la vida no es privativa de  algunos y algunas dotadas con ese don sino que vale, en especial, para todas y todos que se dediquen a la tarea de educar, máxime los propios padres y madres.

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http://www.mujeres.co.cu/art.php?MTQ2MTE=


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