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¨Colona, el virus mutante¨

Según el Diccionario de la Real Academia de la lengua española, el término cola, equivalente a rabo, es el extremo posterior del cuerpo de un animal, especialmente cuando este forma un apéndice flexible y distinguible del torso. Plantea, además, que es casi exclusiva de los vertebrados.


Por eso, nunca he logrado entender cabalmente por qué en Cuba se le llama popularmente ¨COLA¨ a esa caótica aglomeración de personas que habitualmente pugna por alcanzar, a como dé lugar, lo que se ofrece en las unidades de servicios. Independientemente de esta denominación, su causa y origen si están bien claro: la insuficiencia de lo que se oferta.

Difícilmente se encuentre otro evento más rico en matices tragicómicos que una cola, cuyo ámbito es el escenario perfecto para ponerse al día sobre los últimos acontecimientos del barrio. En sus mejores momentos,  pueden convertirse en un verdadero espectáculo, donde se reúnen los personajes más pintorescos de la comunidad.

Uno de los más notorios es el que pregunta quién es el último y, una vez que lo encuentra –si tiene suerte-, es que indaga para qué es la cola, y luego se marcha sin esperar a que llegue el siguiente eslabón que incrementará la longitud de esa infinita cadena humana.

Y es ahí donde empieza la verdadera odisea. El próximo que llega, al no encontrar al que le antecede, anuncia en tono amenazante que, entonces, él será el primero, lo cual provoca una airada protesta del que ocupa esa privilegiada posición. Por eso, los ¨coleros¨ más avezados acostumbran a dejar bien establecido, además del último, quién es penúltimo y el antepenúltimo y hasta el que le precede a éste.

También está el que marca para toda la familia, amigos y vecinos, y, celular mediante, moviliza en tiempo record a una nutrida masa de personas, de manera que hasta el mismísimo primero corre el riesgo inminente de pasar a ocupar uno de los últimos puestos. O el que, al momento de comprar, saca las libretas de abastecimiento de toda su parentela, aunque ninguno de ellos se encuentre presente.

Tampoco se pueden olvidar los ¨luchadores¨ que, advertidos con antelación por los distribuidores, marcan desde el día anterior y montan una guardia nocturna, durmiendo en los propios establecimientos de venta. Igualmente, se distinguen los que, distraídamente, intentan colarse valiéndose de cualquier tipo de triquiñuelas, o los que marcan varias veces para repetir la compra.

La modalidad más reciente consiste en que, una vez formada la cola, el vendedor informa que, por orden del administrador de la unidad, no habrá venta hasta el día siguiente. Sin embargo, cuando todos se marchan, comienza a vender los productos a los recién llegados.

Se han ensayado diversos métodos para el control de las colas, como la confección de listas y la distribución de turnos o ticket, alternativas que, de alguna manera, han ayudado a paliar la situación, aunque siempre aparece algún resquicio por donde se cuelan los más habilidosos.

Con la irrupción en nuestras vidas del nuevo coronavirus, esas hileras humanas han adquirido nuevas dimensiones, tanto social como cultural, pues en los últimos tiempos ese ¨invento cubano¨ se ha modernizado con  tantas innovaciones que hoy casi podemos hablar de una cola ¨de nuevo tipo¨ al incluir la presencia de agentes del orden público como garantes de la disciplina ciudadana.

Como consecuencia del distanciamiento físico de más de un metro y medio exigido por las autoridades sanitarias, las colas han alcanzado longitudes nunca antes vistas, por lo que algunos han empezado a considerarlas como una mutación del nuevo coronavirus SARS CoV-2, llamándole jocosamente ¨COLONAVIRUS¨.


Ciertamente, ni siquiera con el aislamiento social en casa y la prestación de servicios a domicilio se ha logrado disminuir la concentración de personas en las colas. Todo parece indicar que, al no estar ocupados a jornada completa en sus respectivos puestos de trabajos, ahora la mayoría de las personas dispone de más tiempo libre para ocuparse de esos menesteres.

Es verdad que, aun con los productos regulados o controlados se corre el riesgo de no poder adquirirlos si no llegas a tiempo porque, sabemos, no siempre hay suficiente para todos, pero eso no justifica la proliferación de colas permanente en las tiendas y demás establecimientos comerciales.

Al respecto, los propios consumidores sugieren que, para evitar la concentración desmedida de personas en las áreas de venta, sería oportuno y sabio realizar la desconcentración de los productos en varias unidades de manera simultáneas, acercando el servicio a la comunidad, siempre que sea posible.

Además de la responsabilidad individual, las autoridades locales y los  factores de la comunidad también deben contribuir al buen desenvolvimiento de esta polémica pero necesaria actividad, sobre todo en los actuales tiempos del nuevo coronavirus, donde lo primordial es preservar la salud, además de garantizar los alimentos y otros productos de primera necesidad.

No hay nada más racional, provechoso y ético que formar una fila consecutiva y debidamente ordenada para obtener los productos que se distribuyan en cualquiera de sus variantes, ya sea de forma liberada, regulada o normada. Ese es el llamado siempre y en cualquier circunstancia, haya o no coronavirus.

Aunque no es exclusivo de Cuba, lo cierto es que este es un fenómeno social que nos acompaña desde hace mucho tiempo, que se ha entronizado en la idiosincrancia del pueblo cubano con tal arraigo que pudiéramos considerarla como un aporte a la cultura nacional.

 

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